sábado, 25 de febrero de 2017

Where the sidewalk ends (Al borde del peligro) - Otto Preminger, 1950.-


Seis años después de la producción de Laura, Otto Preminger volvió a reunir a los actores Dana Andrews y Gene Tierney y al cinematógrafo Joseph LaShelle para Where the sidewalk ends, un film mucho más noir e interesante (en mi opinión) que su célebre predecesora.-
Where the sidewalk ends gira en torno al detective Mark Dixon (Dana Andrews), el hijo de un delincuente muerto durante un intento de fuga de la prisión cuando Mark tenía 17 años. Mark dedicó su vida a diferenciarse de su padre, pero el destino lo lleva una y otra vez a una zona gris en donde los policías no son muy distintos de los criminales. Su principal obsesión es lograr la captura de Scalise (Gary Merrill), un mafioso de poca monta que regentea un garito clandestino. Cuando un rico apostador (Harry von Zell) es asesinado luego de ganar una fortuna, Scalise señala como culpable a Ken Paine (Craig Stevens), uno de sus secuaces, pero Mark tiene sus propias ideas al respecto. Con la esperanza de conseguir una declaración, se dirige hacia el estudio ocupado por Paine y en medio de una pelea (la mayoría de los problemas de Mark se resuelven y se crean por medio de los puños) Paine resulta muerto. Este evento modifica la existencia de Mark, quien a partir de ese momento hará todo lo posible por desviar la investigación para intentar que Scalise sea culpado de ambos homicidios (el del apostador y el de Paine). Para complicar más las cosas, las sospechas del Teniente Thomas (Karl Malden) recaen sobre el ex suegro de Paine, un taxista bonachón (Tom Tully) que ha jurado darle una paliza si volvía a golpear a su hija Morgan Taylor (Gene Tierney) (cosa que Paine hizo la noche de la muerte del apostador). Mark, atraído por Morgan, no puede permitir que el corazón de la joven se rompa por ver a su padre injustamente encarcelado.-
Pero la interpretación de Andrews brinda un Mark mucho más complejo que el hombre que simplemente intenta encubrir su crimen: Mark verdaderamente cree que Scalise es el responsable definitivo por la muerte de Paine, como si fuera el generador de todos los males.-
El guión de esta película, a cargo del gran Ben Hecht, es una lección de exposición. Hay muchísimos detalles de la vida pasada de los personajes que son introducidos a través de breves diálogos y que pintan un panorama completo de cada personaje. Por ejemplo, las primeras dos escenas nos cuentan la historia completa de la relación entre Mark, Thomas y el Inspector Foley (Robert F. Simon). Las inseguridades de Thomas, su rivalidad con Mark, las expectativas casi paternales de Foley, lo acostumbrado que está Mark a las reprimendas de sus superiores y la dolorosa novedad que implica el anuncio del Inspector: si se presentan más quejas en su contra, será degradado (Mark no hace ningún comentario al respecto, pero su reacción es más que elocuente, todo lo que ha logrado en su vida está a punto de desmoronarse por su incapacidad para controlar su temperamento). Más adelante en la película, descubrimos otro elemento interesante: Scalise fue introducido al mundillo criminal por el padre de Mark, lo cual transforma toda su rivalidad en una suerte de disputa bíblica entre hermanos o bien en la materialización de la lucha interna de Mark contra el legado de su padre. Lo poco que aprendemos sobre la vida privada de Mark también es sumamente revelador, sus intercambios con la dueña del pequeño restaurante que frecuenta (Ruth Donnelly) y la pequeña habitación de hotel en la que vive nos hablan de la inmensa soledad de este personaje que ni siquiera tiene un hogar propio en el cual refugiarse de la dura realidad que lo circunda. Finalmente, Hecht incorpora un brevísimo comentario de corte social: Ken Paine es, según la descripción de Morgan, una variante del personaje de Andrews en Los mejores años de nuestras vidas, aquel “hombre olvidado” que regresa de la guerra con algún trastorno emocional (en el caso de Paine se manifiesta en violencia doméstica) y sin ninguna perspectiva de trabajo.-


Honrando la economía del guión, Preminger dirige la película con idéntica austeridad. La composición de los planos cuenta la historia en una forma maravillosa; por ejemplo, cuando el Teniente Thomas manda a llamar a Morgan y a su padre para interrogarlos en el estudio de Paine, Preminger nos muestra la lealtad de Mark para con la joven al mostrarlos siempre en un mismo plano, como una unidad. Al mismo tiempo, el director elige utilizar planos largos, ajustando la posición de su cámara con bellos movimientos cuando es necesario, todo para permitir que sus actores hagan su trabajo. Y nunca malgasta un primer plano: uno de los aspectos que más me gusta de esta película es que en ella el director no subestima nunca al espectador, no siente la necesidad de insertar un primer plano para asegurarse de que notemos una reacción sino que los reserva para los momentos de mayor dramatismo (por ejemplo, cuando Mark escribe su confesión para que sea entregada al Inspector Foley, y ¡cómo sostiene un primer plano Dana Andrews!).-
Hay, además, pequeños detalles en las actuaciones que ayudan a dar mucho relieve a los personajes (acabo de notar que vuelvo a referirme a los detalles y es que el valor de esta película pasa por allí, por la gran cantidad de elementos ínfimos que la componen de una forma tal que si quitáramos uno sólo de ellos, todo el conjunto se vería afectado). El trabajo de Bert Freed en el rol de Paul Klein, el compañero de Mark, por ejemplo, está lleno de sutilezas, de miradas o inflexiones de la voz que nos dejan ver que si bien Paul es un buen compañero, no está del todo de acuerdo con los métodos de Mark y no confía ciegamente en él. Sin este aspecto incorporado por Freed, la idea del detective solo contra el mundo se derrumbaría.-


Decía al comenzar que Where the sidewalk ends me resulta mucho más interesante que Laura y tal vez no haya necesidad de compararlas, pero no termino de entender la fascinación que despierta aquella película y por qué esta no es tan conocida como se merece. La idea de un duro detective obsesionado con el retrato de la mujer cuyo asesinato investiga es atrapante, pero creo que en la ejecución Preminger se quedó a mitad de camino. El mundillo enrarecido de Waldo Lydecker y Ann Treadwell no termina de interesarme en la forma en que lo hace este otro universo rudo, en donde el destino persigue permanentemente a quienes intentan escapar de él y en el cual la redención es posible sólo si uno se deja alcanzar.-

martes, 7 de febrero de 2017

The Penalty (El hombre sin piernas) - Wallace Worsley, 1920.-



The Penalty es una joya del cine mudo. En ella Lon Chaney encarna a Blizzard, el príncipe del mundo criminal de San Francisco a quien, debido al error de un médico inexperto (Charles Clary), le fueron amputadas ambas piernas a la altura de las rodillas cuando aún era un niño. Este evento transformó su vida en el infierno que es ahora: rechazado por su padre, huyó del hogar a los quince años y escaló posiciones hasta consolidarse como un gran cerebro criminal. Sólo la música produce algún alivio a su alma torturada y para ejecutarla al piano recurre al auxilio de su amante de turno, quien diligentemente debe accionar los pedales mientras él toca. Esta tarea recae eventualmente en Rose (Ethel Grey Terry), la más intrépida investigadora policial, quien fue enviada a la guarida de Blizzard para descubrir sus planes.-
Esta película me resulta fascinante por varios motivos. El principal, por supuesto, es la brillante interpretación de Chaney. Este actor, probablemente mejor recordado hoy en día por su escalofriante Phantom of the Opera, se transforma en Blizzard con todas sus complejidades: es aterrador, violento y desquiciado, con la risa helada que caracteriza todas sus interpretaciones, pero también puede convertirse en el ser más dulce e indefenso cuando su carcasa bestial se resquebraja un poco. Todo eso sin mencionar la increíble proeza física de su caracterización, la cual justifica, por sí misma, el visionado de esta película.-
Pero The Penalty también hace gala de un lenguaje cinematográfico complejo bastante más dinámico que muchas de las películas de este período. Worsley recurre a flashbacks y a un buen uso de los primeros planos para contar su historia y se vale, además, de montajes paralelos que por un lado agilizan la narrativa pero a la vez también distorsionan el tiempo: Worsley combina en cada ocasión dos situaciones que por fuerza no pueden durar lo mismo, generando mayor tensión y suspenso en la más estática de ellas de ellas con ayuda del impulso de la más interesante (por ejemplo, cuando alterna la presentación de Blizzard - situación interesante - con la de Rose - situación menos interesante).-


Finalmente, The Penalty presenta un abanico de temáticas atrapantes, independientemente de su trama central: la de un hombre mutilado sin motivos que busca vengarse del médico que arruinó su vida. Desde los primeros minutos de película tenemos un caso de mala praxis médica, complicidad corporativa, prostitución, violencia contra la mujer, robo, un desnudo femenino, corrupción policial y a Frisco Pete (Jim Mason), un asesino drogadicto que siempre se sale con la suya. Más adelante, Worsley tendrá mucho para decir acerca de la autoridad: mientras Rose arriesga su vida, Lichtenstein (Milton Ross), el jefe del Servicio Secreto, comanda todo desde su despacho durante gran parte de la película y sólo sale a la calle cuando el peligro ha pasado y para tomar una decisión que - por justa que nos parezca - excede sus potestades. En un sentido similar, la película tiene un final diferente al de la novela en la cual está basada. Originalmente, había una suerte de restablecimiento del orden que no llegó a la pantalla. Cuando The Penalty termina, existe un castigo por el mal causado, pero éste no proviene de la autoridad sino de un sentido de Justicia administrado por las propias fuerzas del mal.-
Más inquietante aún para los tiempos que corren, esta película hace un llamado de atención sobre los líderes mesiánicos que manipulan a las masas para satisfacer sus propósitos: en las primeras escenas hay un ligera alusión a “los rojos” y luego se explica que Blizzard provocará el caos en San Francisco valiéndose de miles de extranjeros descontentos, pero la película no busca hacer propaganda anticomunista. Blizzard no representa la “amenaza comunista”, él no forma parte de la clase que pretende comandar ni se interesa por esos hombres, sólo ansía usarlos para consolidar su poder. Habiendo fallecido a una temprana edad en 1930, Lon Chaney no tuvo oportunidad de verificar cómo su mensaje fue desoído una y otra vez (y otra y otra…)