domingo, 30 de diciembre de 2018

Balance de 2018 y anticipación de 2019.-

Hace exactamente un año les escribí contándoles acerca de mis descubrimientos de 2017 y mis expectativas cinematográficas para 2018. Me resultó muy interesante comprobar cuáles de esas expectativas se cumplieron y cuáles no.-


No hubo mucho cine silente para mí este año, empecé en su momento a ver tanto City Lights como Sunrise pero nunca las terminé, no encontré aún el momento justo para ellas, y The Crowd no me impactó tanto como esperaba (sin embargo, planeo volver a intentarlo, quiero que me guste). Incorporé algunas pelis faltantes de Lon Chaney con una colección que encontré en una tienda de usados y que creí que nunca podría conseguir porque nueva costaba una pequeña fortuna (Ace of Hearts, Laugh, Clown, Laugh y The Unknown están allí y les debo un artículo); descubrí algo (pero muy poco) de Clara Bow (sí devoré una biografía sobre ella, de David Stenn), una de mis pendientes para 2018 aunque nada de Louise Brooks y me perdí por los mares con Greta Garbo y Nils Asther en The Single Standard.-


Me abrí a otros formatos distintos del DVD que me permitieron acceder a muchas nuevas películas, sobre todo del período pre-code y así pude descubrir al maravilloso Warren William (uno de mis enamorados de este año) y a reinas de ese período como Barbara Stanwyck y Carole Lombard (continué acercándome a ella y ahora la adoro); me reconcilié con Loretta Young, que me pareció más bien sosa en The Bishop Wife pero brilla en Employee’s Entrance y en Midnight Mary (esta película también me sirvió para ver con mejores ojos a Ricardo Cortez); y continué disfrutando de Richard Barthelmess y de James Cagney, aunque todavía no pude ver Angels with Dirty Faces como quería.-


En cuanto a directores, creo que Frank Capra se lleva el premio a los mayores descubrimientos. Me encantó descubrir algunas de sus obras del pre-code (¿mencioné ya que fue el período al que más me dediqué este año?) como Lady for a Day, It Happened one Night y The Bitter Tea of General Yen y curiosamente las dos películas que anticipaba a fines del año pasado, Meet John Doe y Mr. Deeds Goes to Town quedaron en el tintero. Y también me reconcilié con el DAvid Lean de los años ‘70 con la maravillosa Ryan’s Daughter.-


Indudablemente, los musicales llevaron una buena parte de mi año, no sólo como parte del curso sobre musicales organizado por el canal TCM (no puedo esperar a ver sobre qué tratará el próximo) sino también por otros que incorporé por mi cuenta, como Footlight Parade y Bolero (más pre-code por aquí). Como también algo que no es estrictamente cinematográfico pero me ha aportado muchas horas de información y entretenimiento: los podcasts sobre cine, en especial You Must Remember This, que recomiendo a todos aquellos que puedan entender inglés (dicho sea de paso, es hora de decir que todo el inglés que sé lo aprendí mirando películas de Hollywood en su idioma original, he ahí otra cosa que debo a mis queridos films).-


Mencioné que Warren William fue uno de mis enamorados de este año, pues el otro es John Garfield. Fue este año que logré ver varias de sus películas (todavía me faltan unas cuantas) y si se me permite el sentimentalismo, lo quiero cada día más. Actualmente estoy leyendo una biografía suya escrita por Larry Swindell y tengo la ambición de completar su filmografía, o al menos avanzar con ella.-


Por lo demás, no tengo expectativas definidas para el próximo año… Sí tengo en vista varios libros sobre cine: una biografía de Theda Bara escrita por Eve Golden (su biografía de John Gilbert me encanta y la he escuchado cientos de veces en formato audiolibro), otra de Warren William (la única publicada, creo) por John Stangeland, una de Jean Harlow escrita por David Stenn, un libro sobre los comienzos de Warner Bros. de David Thomson y An Empire of Their Own de Neal Gabler.-

domingo, 23 de diciembre de 2018

The Man who Knew Too Much (El hombre que sabía demasiado) - Alfred Hitchcock, 1956.-

Sucede algo curioso cuando uno escribe un blog de cine (o lo intenta) y es que rara vez hay oportunidad de volver a ver las películas que ya comentó. Hoy dejé de lado mi pila de películas pendientes y volví a una vieja conocida: la versión de 1956 de The Man Who Knew Too Much, de Alfred Hitchcock y la disfruté tanto como en los primeros tiempos. En honor a este reencuentro, reproduzco aquí la entrada que publiqué en su momento en Mi Blog sobre Mr. Hitchcock.-

Argumento: La vida de los McKenna (James Stewart, Doris Day y Christopher Olsen) se altera dramáticamente cuando, durante sus vacaciones en Marruecos, presencian el asesinato de Louis Bernard (Daniel Gélin), un hombre al que habían conocido poco tiempo antes. Antes de morir Bernard susurra un secreto de espionaje al Dr. McKenna. Para asegurar su silencio, los malvados Sr. y Sra. Drayton (Bernard Miles y Brenda de Banzie) secuestran al hijo de los McKenna y lo llevan a Londres. Ahora el matrimonio debe rescatar a su hijo e intentar, en el transcurso, salvar la vida de un político extranjero.-
The man who knew too much (TMWKTM en lo sucesivo) es una remake de la película del mismo título que Mr. Hitchcock filmó en 1934 y, en este caso, el experimento dio como resultado una obra infinitamente mejor a la anterior. Ambas películas tienen una trama similar pero la locación inicial es diferente (Suiza en la primera y Marruecos en la segunda), como también lo es la psicología de los personajes, la estructura y la calidad general del film.-


personajes están mucho mejor delineados. Ben McKenna se nos presenta en un comienzo como un hombre con todas las respuestas y un poco altanero frente a propios y extraños. Jo, por su parte, abandonó su carrera de cantante profesional en pos de su familia (no logra conciliar con Ben que se establezcan en una ciudad en la que pueda continuar trabajando) pero ello no le significó sentirse realizada como madre y esposa; por el momento su vida se encuentra relegada. En la escena inicial, mientras la familia viaja en autobús hacia Marrakech, el pequeño Harry se interpone entre Ben y Jo y la relación entre éstos aparece como distante. Más tarde aprendemos que el matrimonio atraviesa una crisis e incluso Jo abusaba de drogas recetadas (¿antidepresivos?). El secuestro del hijo produce un cambio fundamental en la situación de Ben y de Jo considerados individualmente y como pareja. Individualmente, Ben aprenderá una lección de humildad y Jo demostrará su valía (de hecho, es ella quien salva la vida del político extranjero y quien encuentra al niño, todo ello gracias a su voz - la misma que utilizaba para trabajar); como pareja, la experiencia los une y en la escena final, cuando todos se reúnen luego de rescatar a Harry, el niño vuelve a estar en medio de sus padres pero la postura corporal de los adultos es muy diferente a aquella del comienzo.-

En cuanto a la estructura de la película, la versión de 1934 sufre mucho por la larga escena del tiroteo que culmina con el rescate de la hija de los Lawrence (Nova Pilbeam). Esta versión tiene una estructura mucho más equilibrada y desde las primeras escenas el director construye el suspenso para lo que vendrá en la sección media. La sucesión de encuentros pretendidamente casuales entre los personajes que se da durante la primera parte nos pone en alerta. Sabemos que algo está por pasar y durante ese tiempo el director juega con nosotros aliviando y aumentando la tensión. Luego, cuando Louis Bernard muere en el mercado pensamos “ya sucedió lo que esperábamos” pero no… esa muerte es solo un McGuffin y lo peor para los McKenna todavía está por venir. Durante el segundo acto, Mr. Hitchcock vuelve a utilizar la estructura basada en episodios para contar las peripecias de Ben y Jo a través de pequeñas historias con comienzo, desarrollo y desenlace: una secuencia en la que Ben llega a un taller de taxidermia en busca del misterioso Ambrose Chappell; otra, en la cual el matrimonio descubre a los Drayton en su rol de líderes de una comunidad religiosa; y la tercera, magistral y sin diálogos, en la cual Jo se debate entre salvar al diplomático arriesgando la vida de su hijo o bien dejar que lo maten, aunque eso no le da certezas de que su hijo le será restituido. Durante esta última secuencia, de casi diez minutos, Mr. Hitchcock utiliza la misma cantata que en la versión anterior esta vez arreglada y dirigida (delante y detrás de la pantalla) por Bernard Herrmann y el montaje realizado me hace pensar en la escena del tranvía en Sabotage: allí, la sucesión de planos breves que muestran la bomba que el niño lleva escondida en latas de película imitaba el tic-tac del reloj. Aquí, los planos muestran alternadamente a la orquesta, al asesino, a la víctima y a Jo en un montaje cada vez más acelerado hasta llegar al choque final de los platillos que disimularán el sonido del disparo fatal. Todo ello opera como un estallido de bomba metafórico y aumenta la tensión y la angustia del espectador, que sufre en la misma medida que Ben y Jo.-

Otro elemento que vuelve de películas anteriores es aquella vieja premisa según la cual Mr. Hitchcock utiliza todo lo que el entorno o las profesiones de sus personajes puede ofrecerle. En cuanto al entorno, el director aprovecha al máximo las posibilidades que brinda Marrakech como locación: las diferencias culturales, los mercados, la emoción y las aventuras que esta familia norteamericana parece buscar y también el peligro que asimilamos a lo desconocido. Y sus profesiones también son utilizadas dramáticamente: Ben, como médico, no solamente está perfectamente capacitado para anticipar y evitar la crisis nerviosa que su esposa sufrirá cuando sepa del secuestro de su hijo sino que también, y más importante aún, se comporta como un hombre acostumbrado a encontrar una causa para cada efecto y a combatir cada signo de caos, restableciendo el orden. En este sentido, las peripecias que vive a lo largo de la película ponen a prueba esta cualidad, representando factores que no puede prever ni remediar. Jo, como mencioné anteriormente, solía ser una cantante profesional y es precisamente su voz lo que permite la salvación de las dos víctimas de la película, el diplomático y su hijo. La condición de cantante de la propia Doris Day es, además, muy bien utilizada por el director con fines dramáticos: cuando Jo prepara a su hijo para dormir mientras cantan juntos "Que será, será", Mr. Hitchcock no sólo nos está complaciendo como espectadores sino que, fundamentalmente, está sentando las bases para la resolución del conflicto. Cuando más tarde la misma canción sirva para encontrar a Hank, el director logra cerrar el círculo y demostrarnos su respeto: atar todos los cabos es su manera de honrar la relación que establece con su público. Y lo hace a través de una canción que habla sobre el destino y la inevitabilidad de aquello que debe ser...

No suelo referirme a menudo a aquellos que acompañaban a Mr. Hitchcock en sus películas, pero en este caso creo que vale mencionar que TMHKTM es la primera de una serie de obras que el director realizó con un equipo consolidado de colaboradores que incluían a Robert Burks (dirección de fotografía), George Tomasini (edición), Henry Bumstead (diseño de producción), Edith Head (vestuario), Bernard Herrmann (música) y Herbert Coleman (producción). Mr. Hitchcock prefería trabajar con personas a las que ya conociera, en cuyas habilidades pudiera confiar y que ya supieran lo que él deseaba y esperaba de ellas y si prestamos atención a los nombres que anteceden al director en los títulos veremos que no es casual que se repitan en las películas más logradas desde lo técnico y más reconocidas y queridas por el público general.-
El mismo principio se aplica para el protagonista masculino de esta película. James Stewart aparece aquí en su tercera colaboración con Mr. Hitchcock, aportando (como el director bien sabía) mucha emoción al personaje de Ben. Aquí Stewart demuestra qué bien puede manejar toda esa emoción, ya sea conteniéndola (la escena en la que habla por teléfono con el secuestrador de su hijo es genial y Stewart la compone con todo el cuerpo, desde sus ojos increíblemente celestes hasta sus manos nerviosas) o bien liberándola durante varias escenas del segundo acto. Doris Day interpreta un raro papel dramático, muy muy diferente de aquello que recordamos cuando pensamos en ella, y se pone tan a la altura de las circunstancias que resulta una pena que no haya hecho muchos más intentos en este sentido. Su interpretación de Jo McKenna logra una de las madres más queribles de la obra de Mr. Hitchcock (es una de las pocas madres “buenas” de su filmografía). Su alter ego, la madre “mala” está encarnada por Brenda de Banzie, y aunque hacia el final casi salva el día, en esos primeros planos en los que mira directamente hacia la cámara (en ello me recuerda a Judith Anderson en Rebecca y a Anthony Perkins en su última escena en Psycho) resulta temible. Y tanto ella como Bernard Miles y Reggie Nalder (el desafortunado asesino) tienen en el fondo la misma vulnerabilidad que los mejores villanos hitchcockianos.-

El cameo de Mr. Hitchcock puede verse antes del asesinato de Louis Bernard, en la escena que transcurre en el mercado de Marrakech. Mientras Jo y Ben miran a los trapecistas, el director aparece de espaldas a la izquierda del cuadro.-

The man who knew too much se consigue en Argentina con el título “En manos del destino” en una triple presentación que se completa con Suspicion (La sospecha) y The lady vanishes (La dama desaparece). La calidad de la edición es bastante buena pero no contiene ninguna característica especial. Además existe en el mercado otra edición que incluye The birds (Los pájaros), aunque no puedo decir nada sobre ella porque no la ví; y una que recomiendo a ciegas, editada como parte de la Colección Alfred Hitchcock (algunos otros títulos de la colección son Vertigo, Shadow of a doubt, Rope, Marnie) que lamentablemente está agotada pero estoy segura de que debe ser impecable como el resto de la serie.-

martes, 4 de diciembre de 2018

Roots (Raíces) - Producida por David L. Wolper Productions, 1977.-


Vuelvo a tomar mi parasol blanco después de un mes de ausencia y en la otra mano traigo no una película sino una miniserie: Raíces. Originalmente emitida en ocho capítulos, fue concentrada en seis de entre 90 y 120 minutos cada uno para su lanzamiento en DVD y relata la historia de Kunta Kinte, un guerrero africano que es capturado por esclavistas apenas completado su pasaje de la infancia a la adultez y vendido como esclavo en Estados Unidos; y de su descendencia hasta la cuarta generación.-
En términos histórico-culturales, resulta interesante descubrir que esta miniserie fue un fenómeno masivo en un contexto en donde la segregación racial había sido legal en algunos estados de Estados Unidos hasta hacía muy poco tiempo atrás y en donde la cuestión estaba lejos de encontrar una solución armoniosa (aún se está en eso, de hecho). Y más allá de la disputa legal que se inició sobre la autoría del libro en el cual está basada la miniserie (el autor Alex Haley fue demandado por plagio, poniéndose en duda así la veracidad de su historia familiar), lo cierto es que sea un relato verídico o no, nadie puede soslayar que la historia de la esclavitud en Estados Unidos constituye una página oscura plagada de crueldades de todo tipo (con lo cual Raíces es, si no verídica, al menos verosímil). Y que gran parte del país se pusiera frente al televisor en horario central para ver esta historia es digno de reconocimiento.-
Dentro de la dureza de los hechos mostrados, Raíces hace gala de una delicadeza encomiable a la hora de contar. Durante la primera parte, desarrollada en África, los realizadores se involucran con el joven Kunta Kinte y su familia y no ahorran detalles a la hora de establecer el fuerte sistema de valores que rige en esta comunidad. Incluso cuando Kunta termina su pasaje a la adultez y rechaza las recomendaciones y el abrazo de su madre, lo hace sin crueldad y demuestra respeto y afecto por su familia al disponerse a tallar un tambor para su hermanito como halago para su madre (esta acción terminará siendo nefasta, pues es así como será capturado). Al mismo tiempo, en un montaje paralelo, vemos al nuevo capitán del buque de esclavos preparándose para su primer viaje. La mera preparación de la travesía comienza a corromper el espíritu del capitán (el resto de su tripulación perdió el suyo hace largo tiempo) y sin embargo los realizadores no intentan demonizarlos. Este patrón se repetirá en todos los capítulos: los realizadores dejan que los hechos cuenten la historia, no utilizan su cámara para hacer juicios de valor.-


Otro patrón presente hasta el episodio cuarto es el de la pérdida de algún lazo que Kunta Kinte haya forjado en el episodio anterior y aún cuando este patrón comienza a hacerse notorio, la serie mantiene el interés y no se vuelve previsible. Existe una gran dignidad frente a la pérdida en estos personajes habituados a la fragilidad de la vida y a las ventas de esclavos que frecuentemente separan a amigos y familiares. Desde este punto de vista, la pérdida más significativa y dolorosa en la vida de Kunta es la de su propia fe en las tradiciones que trajo consigo desde África. Esta fe y la vivencia de una realidad diferente era lo único que diferenciaba a Kunta Kinte de los otros esclavos, nacidos en América. A partir del quinto capítulo serán las generaciones siguientes las encargadas de recuperar estas tradiciones a través del lenguaje y de la historia de Kunta. Así irán encontrando su identidad, tarea nada fácil en un contexto de una ligerísima humanización del sistema esclavista y de los lazos familiares que empiezan a tejerse entre blancos y negros a través de las violaciones de los amos sobre las esclavas.-
Otros lazos de afecto también se tejen cuando los bisnietos de Kunta descubren - durante la época de la Guerra de Secesión - una clase diferente de hombres blancos: los pobres del Norte que buscan empleo en los establecimientos del Sur. Esta interacción producirá un choque interesante cuando los negros sean liberados y descubran una comunidad blanca hostil que - no pudiendo ya azotarlos amparados por Ley - se encapucha para incendiar sus casas como una forma de evitar rebeliones imaginarias. No todos los blancos coinciden con estas prácticas, pero los únicos que hubieran podido proteger a la descendencia de Kunta Kinte se ven forzados a vender sus tierras y emigrar a destinos más auspiciosos. Y es que entre las realidades que Raíces muestra sin juzgar está la crisis económica que trajo aparejada la liberación de los esclavos. La despedida entre los esclavos liberados y sus antiguos amos es un momento significativo en la serie: ahora que ya no existe una relación de propiedad, los negros sienten reconocimiento hacia quienes no fueron crueles con ellos. Un sentimiento bastante cercano al aprecio y al respeto.-
La serie termina con una nota optimista que insinúa un camino posible para los conflictos raciales de los ‘70 y de hoy en día. Por un lado, los negros logran liberarse de sus opresores (ya no sus amos, sino los miembros de un incipiente Ku Klux Klan) mediante la unidad, la no violencia y una astucia cuasi militar. Por el otro, su prosperidad no se basa en una nueva segregación sino que incluye a los blancos en un pie de igualdad y de convivencia. Asistimos en estos tiempos a muchas corrientes segregacionistas que buscan convertirnos en separados pero iguales de acuerdo a nuestro género, raza o credo. Tal vez sea tiempo de revisar de nuevo ese concepto y aprender algunas lecciones del pasado. En ese sentido, Raíces todavía tiene algo para enseñarnos.-