jueves, 28 de julio de 2016

Sesión doble: “Rope” de Alfred Hitchcock y “Compulsion” de Richard Fleischer.-

Hace un tiempo descubrí “Compulsion” a través de El blog de Hildy Johnson y recientemente pude verla por primera vez. Apartándome de mi formato habitual pensé en hacer una sesión doble con “Rope”, película con la cual está indudablemente emparentada en tanto ambas están inspiradas en el mismo caso criminal de la vida real: el asesinato cometido por Leopold y Loeb, dos jóvenes que dieron muerte a un niño sólo por diversión.-


Rope (La soga) - Alfred Hitchcock, 1948.-
La película de Hitchcock se centra en el juego del gato y el ratón que Brandon (John Dall) y Phillip (Farley Granger) montan cuando deciden organizar una fiesta para los familiares y amigos de David Kentley (Dick Hogan), el joven al cual acaban de asesinar. Una figura central en esta fiesta es Rupert Cadell (James Stewart), el antiguo profesor de los protagonistas que los introdujo en la teoría del superhombre de Nietzsche y que tomará conciencia en forma brutal de la gravedad de su enseñanza irresponsable, sin embargo “La soga” funciona en gran medida como un ensemble, en donde cada personaje tiene su pequeño momento para destacarse.-
Ya comenté esta película en una entrada que pueden consultar aquí, pero permítanme señalar en esta oportunidad que sin dudas el aspecto más atractivo de “La soga” es la dinámica existente entre los protagonistas. La película no contiene referencias explícitas, pero es evidente que ambos jóvenes conforman una pareja homosexual (incluso hay por allí alguna sugerencia a que Rupert habría sido amante de Brandon, si no de ambos) y que existe entre ellos una relación de dominación en donde Phillip es la parte más influenciable, aunque no necesariamente más débil: es él quien estrangula a David y quien presumiblemente disfrutaba de la matanza de pollitos.-
Es interesante observar además que Hitchcock - contrariamente a su costumbre - no intenta hacernos simpatizar con los villanos sino que transforma a la víctima en una presencia tan palpable como el resto de los invitados y llama nuestra atención sobre el riesgo de adoptar teorías extremas en forma acrítica. Ahora bien, una vez producido el daño, una vez que esas teorías llevadas a la práctica han dejado víctimas en el camino, la solución parece única y categórica: la película termina con un apasionado monólogo de Rupert abogando por una condena a muerte para los culpables.-


Compulsion (Impulso criminal) - Richard Fleischer, 1959.-
“Impulso criminal” funciona de manera distinta a “La soga”, con dos partes diferenciadas: una es la anterior al juicio llevado contra los culpables y la otra se concentra en el propio juicio. En la primera parte los protagonistas absolutos son Artie Strauss (Bradford Dillman) y Judd Steiner (Dean Stockwell), dos acaudalados jóvenes de 19 y 18 años, ambos con historiales académicos impresionantes, convencidos de estar incluidos en un grupo minoritario de “seres superiores” y decididos a transitar todas las experiencias humanas posibles sin involucrarse emocionalmente. Como parte de esta experimentación secuestran y asesinan a un niño de 14 años pero cometen un error fatal que terminará por delatarlos. Aquí comienza la segunda parte de la película, en la cual Artie y Judd ceden el centro de la escena a Jonathan Wilk (Orson Welles) el abogado que logrará cambiar la ejecución en la horca por una condena a prisión perpetua.-
Ambas partes de la película tienen estéticas bastante diferentes. En la primera Fleischer hace un uso excelente y casi perturbador de los primeros planos y del formato de pantalla ancha, el cual aprovecha para mostrarnos gran cantidad de información en escenarios recargados sin necesidad de multiplicar el número de tomas y sin perder la cercanía con los protagonistas. Así, por ejemplo, en la escena en la cual Judd revuelve frenéticamente su armario en busca del par de anteojos que perdió en el lugar del crimen mientras Artie intenta mantener la calma a la vez que lanza amargos reproches (nunca un osito de peluche lució tan siniestro en la pantalla), el CinemaScope nos permite tener un buen panorama del dormitorio infantil y casi femenino de Judd al mismo tiempo que seguimos de cerca el diálogo entre ambos muchachos (y el osito). A la vez, Fleischer maneja muy bien los elementos que quedan fuera del plano, ya sea a través de reflejos de aquello que no podemos ver directamente o bien mediante la insinuación de lo que no tenemos necesidad de ver (puntualmente, en el momento en el cual el aprendiz de periodista Sid Brooks - Martin Milner - comprueba que los anteojos encontrados junto al cuerpo del niño no le pertenecen; cuánta economía y autolimitación, Fleischer no necesita mostrarnos el cadáver de un niño para contar su historia).-


Para la segunda parte, todo cambia. El clima decadente de la primera parte cede el paso a un ambiente más austero, sin estridencias, con un Welles casi desconocido dominando la escena con su tono de voz monocorde y movimientos calculados. Allí donde Dillman y Stockwell eran puro desborde, Welles compone un viejo abogado que está de vuelta de todo, que conoce su oficio y que tiene la habilidad necesaria para exponer uno a uno los diferentes aspectos del caso: clases sociales, opinión pública, imparcialidad de la justicia, función de la sanción criminal, carácter retributivo del castigo, amor y perdón. Y Welles cobra vida durante su monólogo final, diametralmente opuesto a aquel pronunciado por Stewart en “La soga”: el planteo de Wilk es contrario a la aplicación de la pena de muerte en la medida en que entiende que la expectativa de tal castigo no ayuda a disminuir la cantidad de crímenes y no ataca el problema de fondo que es descubrir cuáles son los elementos presentes en la sociedad que llevan a la creación de sujetos como Artie y Judd. Wilk de alguna manera nos interpela para que como sociedad nos hagamos responsables de los monstruos que creamos y alerta, en mi opinión, sobre la naturaleza autodestructiva de las personalidades tales como las de Artie y Judd.-


Viendo ambas películas en continuado me resultó divertido encontrar elementos de diálogo entre ellas, hay momentos en los cuales “Impulso criminal” mira hacia atrás y se remite a Hitchcock (no sólo hacia “La soga” sino por ejemplo a “Pacto siniestro”, la madre de Artie me resultó una versión más pulida de la pintoresca madre de Bruno Anthony, villano con el cual Artie tiene mucho en común) y otros en los que parece anticiparse al maestro del suspense: Anthony Perkins compone su Norman Bates con bastantes características del Artie de Dillman y la identificación entre Judd y los pájaros depredadores volverá en “Psicosis”. O tal vez yo sienta inclinación a volver siempre a Hitchcock 😉

domingo, 17 de julio de 2016

An American in Paris (Un americano en París) - Vincente Minnelli, 1951.-

Hago una confesión: adoro los musicales, adoro a Vincente Minnelli, adoro a Gene Kelly, adoro la música de Gershwin, adoro París y adoro la pintura impresionista… es decir que encuentro en esta película muchos aspectos que me atraen para volver a ella una y mil veces. Pero esta película es mucho más que la suma de sus partes, es una obra maestra del cine que intentó llevar a los musicales a otro nivel y digo “intentó” porque no estoy del todo segura de que lo haya logrado. Lo que sí es seguro es que si comparamos este musical con sus contemporáneos (pienso en películas como “Repertorio de verano”, “Bodas reales” o “Tres palabritas”, todas encantadoras por su propio derecho) es evidente que esta gente, cuando tenía vía libre, jugaba en otra categoría…


Momento N° 1: la presentación de los personajes.-
La película comienza con vistas panorámicas que nos ubican en París mientras Jerry Mulligan (Gene Kelly) se presenta en off con unas pocas frases: es un ex soldado que al finalizar la II Guerra Mundial se quedó en París para perseguir su vocación artística. A continuación llega el momento de conocer personalmente a los tres hombres de esta historia: Jerry; Adam Cook (Oscar Levant), un pianista y compositor eternamente becado para estudiar en Europa; y Henri Baurel (Georges Guétary), una estrella del music-hall, amigo de Adam desde hace quince años. Para esta presentación Minnelli y el guionista Alan Jay Lerner utilizan un recurso consistente en hacer una finta y mostrarnos otro hombre por el correcto. Esto puede parecer repetitivo pero está cargado de sentido y es que cada uno de ellos es mostrado a través de aquello de lo que carece: Jerry es confundido con un hombre enamorado, Adam con uno feliz y Henri con uno más joven. Este recurso nos permite completar las caracterizaciones en el marco de un género cinematográfico que, de por sí, no deja mucho lugar para el desarrollo de los personajes. En el caso particular de Jerry, la breve escena que protagoniza en su estudio mientras comienza su día hace mucho por la cohesión de su personaje: los cambios de humor de, este momento nos permiten creer que aquel que baila de dicha cuando consigue una cita con su amada es el mismo hombre que roza la desesperación más oscura cuando la pierde y es que ambas facetas conviven en él.-


Momento N° 2: Jerry tiene ritmo.-
Uno de los momentos destacados de “Un americano en París” es el número “I Got Rhythm” que Gene Kelly hace con un grupo de niños. Si no lo vieron nunca o no lo tienen muy presente, deben buscarlo de inmediato. No sólo es una gran oportunidad para ver a Gene Kelly haciendo una variedad de pasos asombrosos (mi favorito es aquel que hace antes del “avión”), sino que además es uno de esos números que instantáneamente te hacen feliz. Y eso no está nada mal para unos pocos minutos de película ¿no?


Momento N° 3: una fiesta para dos.-
Una mañana Jerry conoce a Milo Roberts (Nina Foch), una rica heredera coleccionista de arte (y de artistas). Milo no deja pasar la oportunidad de invitar a Jerry a su habitación del Hotel Ritz para una fiesta en la cual habrá una “chica extra”. Cuando llega, Jerry se encuentra con que la “chica extra” es la propia Milo. Esta escena me gusta por varios motivos. El primero de ellos es la interpretación de los actores, Gene Kelly se maneja dentro del underplay que tan bien le queda y Nina Foch aporta a su personaje la vulnerabilidad necesaria para no caer en la simplificación de creer que Milo solo es una niña rica caprichosa acostumbrada a salirse con la suya. El segundo motivo es la franqueza - no olvidemos la vigencia del Código Hays - con la que aborda la relación entre Jerry y Milo (relación que Jerry interpreta muy bien en un principio pero que luego acepta para satisfacer su propia ambición). Y finalmente, me gusta esta escena por el bello trabajo de cámaras de Minnelli: la escena está filmada en no más de tres tomas largas con una cámara que se desplaza por la habitación e incluso por encima del mobiliario, lo cual aporta fluidez y permite construir la tensión entre los personajes.-


Momento N° 4: la utilización del set.-
Para el final del segundo acto, Jerry está atrapado en la telaraña que tejió: Milo está enamorada de él y, aunque necesita su ayuda, Jerry no puede corresponderle porque se enamoró de Lise (Leslie Caron) una misteriosa joven que, casualmente y sin que Jerry lo sepa, está comprometida con Henri. En medio de este embrollo recibe consejos de Henri (quien también ignora que Jerry y él aman a la misma mujer) y se decide a declarar su amor. Felices porque ambos están enamorados, Jerry y Henri comienzan un número en el pequeño café en el cual se reúnen y cuando el espacio ya no es suficiente salen a la calle. La puesta en escena de este número es sumamente compleja (¡esos movimientos de cámara!) en relación a la sencillez de la acción que transcurre dentro de la pantalla y rinde tributo al departamento artístico de MGM que construyó en los terrenos del estudio un set inmenso con decenas de comercios, pequeños puestos y sobre todo mucho “ambiente”, extras que van y vienen y se integran a la acción, para representar la calle de Montmartre en la que vive el protagonista.-


Momento N° 5: el ballet.-
La joya que corona “Un americano en París” es por supuesto el ballet final, un extenso número de 17 minutos de duración sin diálogo ni canciones que resume la historia de Jerry pero también nos sumerge en su universo y - en mi opinión - nos proyecta hacia el porvenir oscuro que avizora para sí mismo. La idea de poner un ballet en una película no era original, en “Las zapatillas rojas” (1948) ya se había incluído uno de similar duración, pero aún así existieron muchas dudas al respecto. Inclusive hoy muchos critican que este extenso ballet, ubicado un minuto antes del final, altera la estructura de la película y no deja espacio para la construcción de un final consistente. Sea como fuere lo cierto es que allí está, es el gran legado de Gene Kelly para la posteridad y debo decir que cada vez que lo veo descubro en él nuevos elementos. Brevemente señalo para quienes no lo tengan presente que el ballet se compone de una sucesión de cuadros, cada uno representativo de un pintor diferente. En este visionado me concentré especialmente en las transiciones entre un segmento y otro, las cuales en su mayoría están hechas con una combinación de iluminación y montaje integrando así un elemento teatral en esta pieza solo posible en la pantalla. Otro aspecto que me maravilló en esta oportunidad es la precisión de las recreaciones de los diferentes estilos: siempre me habían quedado algunos artistas sin identificar, esta vez los busqué y me sorprendí al reconocer inmediatamente las referencias del ballet, así de acertadas son, sin llegar a ser literales.-


Dentro del ballet mi segmento favorito es el dueto romántico entre Gene Kelly y Leslie Caron en la fuente (hasta donde pude investigar, es el único que no está inspirado por ningún pintor), no sólo por la coreografía y la música sino, sobre todo, porque me parece el más adelantado a su época (cada vez que lo veo no puedo evitar pensar en los videoclips de los ‘80, especialmente en el final).-
Para terminar me gustaría hacer un breve comentario sobre el argumento de la película. Como parte de la preparación de esta entrada leí el interesante libro “The magic factory. How MGM made An American in Paris” de Donald Knox, que recoge entrevistas con muchas de las personas que participaron en la realización de esta película (el libro es de 1973 y Arthur Freed, el productor de esta y otras maravillosas películas aún vivía) y algunas de las críticas escritas en el momento de su estreno. La mayoría de ellas señalan la debilidad de la trama y tengo que decir que no comparto tales cuestionamientos (vamos, se han visto argumentos peores). De hecho, una de las características más interesantes de esta película es el pesimismo que se esconde debajo de su final aparentemente feliz. Cada vez que la veo me queda la impresión de que el único que saldrá bien parado de toda esta historia es Henri, quien termina solo pero igualmente irá a América y confío en que pronto encontrará un nuevo amor. Respecto a los demás, imagino que Adam nunca presentará su Concierto ante una audiencia (eso sugiere el número en el cual Adam interpreta todos los instrumentos y es también su propio público) y que  Milo se hundirá en la desesperación luego de este nuevo desengaño y posiblemente retirará su apoyo a Jerry si no puede obtener su amor a cambio. ¿Y Jerry y Lise? Me pregunto si tendrán un futuro promisorio, tanto más cuando su amor no parece tener bases muy firmes y el porvenir de Jerry es una gran incógnita (en lo personal creo que el final del ballet, con ese bosquejo que pierde todos sus colores, representa la decisión de Jerry de abandonar sus pretensiones artísticas). Creo que también en esto “Un Americano en París” presenta algo diferente a sus contemporáneas al eludir, aún veladamente, el final feliz obligatorio.-
En esta ocasión preparé unos bollitos de brioche como los que Henri y Adam comen en el café y aunque los míos no salieron tan grandes y dorados, se los recomiendo si quieren llenar sus cocinas del aroma del pan recién horneado...

martes, 12 de julio de 2016

Stranger than fiction (Más extraño que la ficción) - Marc Forster, 2006.-


Esta película cuenta una historia demasiado vista (la de un hombre apocado y racional que se enamora de una mujer apasionada que pone su vida de cabeza) en una forma totalmente novedosa desde lo visual y con una vuelta de tuerca muy original en su argumento.-
Momento N° 1: el viaje en autobús.-
Harold Crick (Will Ferrell) es un solitario agente del IRS cuya existencia se ve alterada cuando una mañana comienza a escuchar una voz femenina que narra una historia que lo tiene por protagonista. Uno de los giros más importantes en esa historia tiene lugar cuando Harold se presenta en la panadería de Ana Pascal (Maggie Gyllenhaal) para realizar una auditoría y queda fascinado con ella. Unos días más tarde la encuentra en el autobús e intenta - sin mucha habilidad - iniciar una conversación con ella. Esta escena más bien ordinaria está filmada en una de las formas más interesantes que yo recuerde haber visto en el cine contemporáneo: Harold está sentado en la parte media de esos autobuses largos prolongados por un fuelle y los desplazamientos que produce el movimiento del vehículo aportan mucho a los distintos planos de la escena; aún cuando la cámara está fija, cada toma tiene movimiento.-
Momento N° 2: un plato de galletas para salvar el día.-
Luego del encuentro en el autobús, Harold se presenta en la panadería de Ana para hacer la auditoría. La tarea se vuelve sumamente ardua a causa del caos deliberado en los archivos de Ana. Al final de la jornada Harold está exhausto y desencantado y se encuentra con una sorpresa: Ana horneó galletas con chispas de chocolate para él y lo convence de probarlas argumentando que una galleta y un vaso de leche en el cual sumergirla pueden mejorar el día más horrible. La expresión de Harold cuando prueba el primer bocado nos convence de que ello es así y mientras Ana cuenta cómo se convirtió en panadera surge uno de los temas principales de la película: los pequeños gestos, aquellos detalles de amabilidad que tenemos con los demás pueden lograr un mundo mejor y es la contribución que podemos hacer desde nuestro lugar. Elegí este momento no solo porque las delicadas actuaciones de Ferrell y de Gyllenhaal producen una hermosa escena sino también porque me gusta mucho la forma en que está contado: aquí no aparece la voz de la narradora, este momento pertenece solamente a Harold y a Ana y - olvidando que en definitiva toda la historia es producto de la imaginación del guionista Zach Helm - diría que no podría haber sido dictado por ninguna voluntad creadora.-
Momento N° 3: la caja de harinas.-
Este no es verdaderamente un momento sino uno de los detalles de originalidad de esta película y es que a veces mis momentos, esos fragmentos que hacen que vuelva a ver una película una y otra vez, tienen que ver con unos pocos y maravillosos segundos que quedan grabados en mi memoria. En este punto, Harold comprobó que no puede eludir el destino fatal que la narradora trazó para él de modo que decide vivir su vida plenamente, librado de las ataduras que tuvo hasta ahora. Como parte de ese plan vuelve a buscar a Ana, pero no lleva un ramo de flores - lugar común de la comedia romántica - sino una caja de harinas (aquí se aprovecha la paronimia en inglés entre flowers/flores y flours/harinas). Seguramente es una tontería pero esta escena es una de mis favoritas en “Más extraño que la ficción”. Es novedosa, no es gratuita porque se vincula con el oficio de Ana y además responde a la lógica de este personaje: por muy bello que sea recibir flores, tiene mayor sentido que Ana decida invitar a Harold a su casa cuando éste le trae un elemento con el cual ella puede trabajar, al que puede transformar en algo que la ayude en su objetivo final de hacer un mundo mejor a fuerza de galletas.-
Momento N° 4: Harold conoce a Miss Eiffel.-
En el tercer acto de la película, con ayuda del Profesor de Literatura Jules Hilbert (Dustin Hoffman), Harold descubre que la voz que escucha pertenece a Kay Eiffel (Emma Thompson), una autora que sólo escribe tragedias que terminan con la muerte de los protagonistas. Desesperado por evitar ese desenlace, Harold corre a encontrarse con Kay para persuadirla de que cambie de opinión. Toda esta secuencia - que culmina cuando Penny (Queen Latifah), la asistente de Kay, sugiere que Harold lea la novela sobre su vida - es brillante desde varios puntos de vista. En primer lugar, logra muy buen ritmo y genera suspenso gracias al montaje, a la elección de los planos y a la banda sonora; en segundo lugar, las actuaciones son maravillosas (¡inmensa Emma Thompson, cuántos matices alcanza en una sola escena!); y finalmente aquí se cruzan otros dos temas de la película, uno literario y el otro metafísico: por un lado una variante del mito de Pigmalión en donde ya no sabemos si el creador determina el destino de su creación o si ésta dicta su propia historia (por momentos Harold sigue la narración de Kay y por otros dirige los acontecimientos o actúa sin conocimiento de la narradora como si tuviera “vida propia”); por otro lado, la inexistencia de destinos trazados de antemano expresada a través de la alteración que Harold produce en la historia que protagoniza, por el solo hecho de existir…
Momento N° 5: el final perfecto versus el final posible.-
El final de la película, que espero no contar, es muy bello y está muy bien editado pero por sobre todas las cosas es relevante: aquí se unen todos los temas que se fueron desarrollando y nos quedamos con el sabor de las reflexiones que la película ofrece acerca de las conexiones humanas, del poder del narrador (tanto como influencia sobre sus lectores como en su carácter de dios del pequeño universo que crea), del destino (me resultó interesante que Harold logre modificar su destino a partir de la aceptación de ese destino, es decir que lo transforma cuando deja de pelear contra él) y del amor que transmite un buen plato de galletas…
Y hablando de galletas, preparé unas con chispas de chocolate que les aseguro que reconfortan, tal como explica Ana en la película...

sábado, 2 de julio de 2016

Cinco días sin Nora - Mariana Chenillo, 2008.-

Opera prima de Mariana Chenillo, “Cinco días sin Nora” cuenta la historia de una familia judeo-mejicana reunida por la fuerza a partir de la muerte de la Nora del título (Silvia Mariscal). Durante la larga espera que deben cumplir para enterrar a la difunta, los personajes verán surgir nuevas discusiones acerca de antiguos temas y secretos largamente guardados. La incomodidad que experimentan es acentuada por los encuadres ligeramente desequilibrados que utiliza la directora y por los pequeños sonidos que, amplificados, delatan o inquietan a los protagonistas.-


Momento N° 1: los preparativos de Nora.-
No cometo ningún spoiler si digo que Nora se suicida ingiriendo tres frascos de pastillas, porque ello se descubre a pocos minutos de comenzada la película. De todos modos, mi primer momento ocurre antes de que esto suceda, durante los títulos del comienzo (me encantan las secuencias de títulos en las que ya suceden cosas). En esos breves planos vemos cómo las manos añosas de Nora arreglan primorosamente una mesa de festejo, preparan el café, toman un par de binoculares antiguos para espiar a José (Fernando Luján) su ex marido, clasifican papeles y fotografías, los dejan caer por accidente, los recogen (a casi todos, ¿error? importantísimo para la trama), los esconden… cada uno de estos actos será trascendente luego y nos habla sobre la naturaleza controladora de Nora, tanto más cuando pronto sabremos que los cumplió en su último día de vida. Además, nos introducen en el ritmo y tono de la película en la forma en que toda buena secuencia de títulos debería hacer (una técnica que me temo se ha perdido…).-


Momento N° 2: el poder de la comida.-
Este es en realidad un momento fragmentado. A lo largo de toda la película la comida ocupa un lugar central, desde aquellas cajas de carne congelada que José recibe por su ex esposa hasta la cena de Pesaj que comparten los deudos. Entre todos, destaco tres mini-momentos: el primero es el relámpago de emoción que experimenta José cuando prueba una de las borrecas de queso que Nora preparó con anticipación; el segundo corresponde a la pizza de la discordia que José ofrece al Rabino Jackowitz (Max Kerlow) y que representa la doble afrenta de contener levadura y cerdo (ingredientes ambos reñidos con los preceptos religiosos, en particular durante las festividades de Pesaj); y el tercero es el plato de pollo que une a Fabiana  (Angelina Peláez), la empleada doméstica de Nora, y a Moisés (Enrique Arreola), el solemne aspirante a rabino que fue rechazado por sus padres cuando se convirtió al judaísmo. En cada uno de estos momentos se evidencia el poder de la comida para evocar recuerdos, para plantarse con rebeldía frente a tradiciones ancestrales y para unir mundos aparentemente irreconciliables.-


Momento N° 3: dejando a Nora al descubierto.-
En la secuencia inicial vemos una fotografía que cae debajo de la cama y que Nora no recoge (después de conocer su carácter me pregunto si se trató de un descuido o si contaba con que José la encontraría). Esa fotografía atormenta a José porque revela una antigua infidelidad de su esposa y el descubrimiento de la identidad del amante trae a su memoria el doloroso recuerdo de los intentos de suicidio de Nora durante los primeros años de matrimonio. Y si bien guarda algún rencor contra el tercero en discordia, empieza a perdonar a Nora tal como evidencia el amoroso gesto de limpiarle el rostro que la deja al descubierto tanto literal como figuradamente.-


Momento N° 4: el rabino sabio.-
José descubre que está pagando cara su rebeldía cuando no logra dar un entierro digno a Nora. Ofendido por la afrenta de la pizza de chorizo (y por la nula ingerencia del influyente consuegro de José en todo el asunto, dicho sea de paso), el Rabino Jackowitz se encargó de comunicar la causa de la muerte de Nora a los responsables de todos los panteones judíos de la ciudad, lo cual implica que deba ser enterrada en un sector separado del cementerio reservado a criminales y suicidas y enfrentando el muro. Reconciliado con la memoria de una esposa a la que nunca dejó de cuidar, José decide intentar un último recurso: ceder a Nora la tumba que tiene reservada para sí mismo. Es atendido por el Rabino Kolatch (Martín LaSalle) quien, a diferencia de Jackowitz, escucha más de lo que habla y se compadece del dolor de José y de su hijo Rubén (Ari Brickman). El rabino deja, además, dos hermosas enseñanzas que ayudan a José a terminar de perdonar a su ex esposa y, sobre todo, a dejar de castigar a quienes también lloran a Nora.-


Momento N° 5: la carta.-
Luego del entierro, la familia y los amigos - nuevos y antiguos - se reúnen para celebrar las pascuas. Antes de la cena José entregó a Rubén y a Fabiana los sobres dejados por Nora. No hay ninguno para él pero está bien, José está en paz. Entonces, durante la sobremesa recuerda el gabinete de las bebidas, se levanta para buscar una botella y encuentra una carta dirigida a él. Me encanta que no escuchemos nunca el contenido de esa carta, es suficiente con ver la sonrisa triste de José y luego alejarnos de esta historia discretamente y en medio de la noche…
En esta ocasión preparé una bandeja de borrecas de queso como aquellas que dejó Nora en la heladera y que, por un segundo, logran despertar en José la chispa de un antiguo recuerdo.-