martes, 19 de febrero de 2019

De novias por encargo y climas adversos.-

The Wind (El viento) - Victor Sjöström, 1928.-


Lilian Gish y un viento imposible dominan esta historia acerca de Letty (Gish), una jovencita que viaja hacia el Oeste americano para reunirse con su primo Beverly (Edward Earle) a quien le une un amor de hermanos. En el viaje en tren conoce a Wirt Roddy (Montagu Love), un comerciante de ganado que se muestra amable e interesado por el bienestar de la joven. La vida en el Oeste no es como Letty lo esperaba y el buen recibimiento de su primo no puede borrar el destrato de su esposa Cora (Dorothy Cumming), la rusticidad de sus nuevos pretendientes Lige (Lars Hanson, más apuesto que nunca) y Sourdough (William Orlamond) y en particular la violencia de un viento que no cesa.-
Expulsada del hogar de su primo y sin otra alternativa de subsistencia, Letty acepta la propuesta matrimonial de Lige. Pero la noche de bodas dista de ser ideal y una fría cordialidad se instala entre los esposos. Lige se propone reunir el dinero necesario para enviar a Letty de nuevo a su hogar, aún cuando ello implique alejarse para conquistar una tropilla de caballos salvajes, dejando a la joven sola a merced del viento y otros peligros…
The Wind es una película asombrosa. Técnicamente debió ser muy difícil de filmar, con esos efectos de viento tan potentes que uno de verdad cree que la pobre Gish está a punto de salir volando. Resulta además muy interesante en su descripción de condiciones de vida precarias, en un paraje salvaje que se resiste a ser conquistado.-
Pero por encima de todo, es una película que no permite que los efectos especiales se devoren la historia (¿cuántas veces vemos eso en las pelis modernas?) y una vez que superamos la sorpresa, lo que nos queda es la complejidad de las interpretaciones. La dinámica entre Letty y Cora, por ejemplo, está perfectamente establecida desde su primer encuentro, cuando Cora observa con satisfacción cómo su hijo más pequeño rechaza con violencia las muestras de afecto de Letty (señalo por si fuera necesario que The Wind es una película muda, por lo que todas estas reacciones y emociones son expresadas en términos puramente visuales). De la misma manera, la relación difícil y dolorosa entre Letty y Lige es uno de los aspectos más atractivos de la película y reposa exclusivamente en la interpretación de ambos actores.-
Y hay también una simbología cautivante en la película. Frecuentemente el viento es representado como un caballo blanco salvaje sobreimpreso en la pantalla, pero con el tiempo descubrimos que este caballo (y el viento violento, invasivo) también funciona como una metáfora de la sexualidad de Letty, cuestión compleja en un entorno de hombres rústicos habituados a tomar por la fuerza lo que consideran que les corresponde y de mujeres que no se supone que abracen su sexualidad.-

The Purchase Price - William A. Wellman, 1932.-


No llegué a esta película buscando una conexión con The Wind y sin embargo a poco de comenzada descubrí que ambas componen una buena sesión doble. En este caso, Joan Gordon (Barbara Stanwyck) es muy diferente de Letty: es una cantante en un club nocturno intentando conseguir un buen partido mientras sobrevive gracias a las “atenciones” de un gangster de poca monta, Eddie Fields (Lyle Talbot). Buscando escapar de ese círculo, Joan se marcha a Montreal y allí intercambia roles con una mucama que envió una foto de Joan a su prometido por correspondencia. Al llegar a destino se encuentra con Jim Gilson (George Brent), un granjero pobre, con pocas aptitudes sociales y que para colmo tiene un terrible resfriado. He aquí otra noche de bodas que termina en desastre, con la novia encerrada en el cuarto matrimonial y el novio durmiendo en la cocina. Luego varias penurias (aquí no hay viento pero hay terribles nevadas y un incencio) y un acoso sexual (otro paralelismo con The Wind) Joan y Jim aprenden a amarse y sobre todo a compartir la vida juntos.-
Lo más interesante de ver estas películas en sesión doble es comparar la forma en la que una misma historia básica (matrimonio arreglado - entorno hostil - sexualidad complicada) es contada en el apogeo del cine mudo y en el apogeo del cine pre-code. En ambos casos tenemos situaciones cómicas que alivian la tensión, pero esencialmente The Wind es un drama onírico, contado con gran estilización y con una heroína que es resistente a todas las pruebas pero frágil a la vez, si es que eso tiene sentido. Mientras tanto, en The Purchase Price encontramos una torch singer (personaje habitual en este período, Claudette Colbert hasta protagonizó una película llamada así) que se mezcla con gangsters, contrabandistas de alcohol y “benefactores”, una fiesta de casamiento en la que los invitados quedan literalmente tirados en el piso, lencería sexy y una protagonista que de frágil no tiene nada. Joan no es una damisela en peligro sino que es una mujer fuerte que domina las situaciones e inspira a otras mujeres y al mismo tiempo trabaja a la par con su hombre, no anulándolo como se quiere imponer a la mujer moderna en algunos foros sino complementándose con él.-

martes, 12 de febrero de 2019

Seguidilla de pelis de horror.-

Se me dio por ver películas de horror del período pre-code. Normalmente no me gustan las pelis “de miedo” (no soporto la expectativa de pasar la noche temblando por el monstruo que puede encontrarse debajo de mi cama) pero hace tiempo que leí sobre estas películas en Dangerous Men, el excelente libro sobre los hombres del período pre-code escrito por Mick LaSalle y la idea de descubrirlas ronda desde entonces en mi cabeza. Algunas de ellas contienen imágenes que han pasado a la historia, como Dracula o Frankenstein; otras son protagonizadas por algunos de mis favoritos, como Dr Jekyll and Mr Hyde (Fredric March) o The Invisible Man (Claude Rains); otras me intrigan mucho, como Island of Lost Souls o Bride of Frankenstein (la única no pre-code en mi selección. Los invito a perderse conmigo por rincones mal iluminados y poblados por personajes de aspecto siniestro. Por ahora sólo abordaré tres películas, porque me da demasiado miedo hacerlas todas. ¿Se animan a acompañarme?

Dracula (Drácula) - Tod Browning, 1931.-


Con un ritmo aletargado y un ambiente de sueños (¿o pesadillas?) Browning nos transporta a un universo que resulta a la vez inquietante y atrayente, como el propio Conde Drácula.-
Esta versión de Dracula, con su ausencia de elementos explícitamente terroríficos, nos habla de algunos temas típicos del pre-code. En primer lugar, hay un subtexto de homosexualidad y de transmisión de enfermedades venéreas en Dracula que los censores no lograron detener. Luego de ofrecer su sangre de beber al agente de bienes raíces Renfield (Dwight Frye), es Drácula (Bela Lugosi) y no sus esposas quien succiona la sangre del pobre joven al que transforma en su esclavo. Curiosamente, los censores sí lograron la eliminación del final de una escena que así como quedó en la edición final nos deja a Renfield avalanzándose sobre una mucama en la forma más perturbadora.-
Paralelamente, no es casual que este elemento de destrucción se instale entre las clases más acomodadas. Los aldeanos de las primeras escenas y el enfermero de la segunda parte saben mantenerse alejados del Conde, pero son el Dr. Seward (Herbert Bunston), su hija Mina (Helen Chandler) y la amiga de ésta (Frances Dade) quienes se dejan encantar por Drácula. De este modo, la corrupción de la Sociedad emana - de acuerdo a la visión de los años de la Depresión - desde arriba. Es esta misma clase, pese a sus diplomas y esfuerzos científicos, la que fracasa en la contención del mal (Van Helsing, interpretado por Edward Van Sloan, debe valerse de una simple estaca de madera para destruir al vampiro). Y es que, más allá de que la interpretación de Bela Lugosi vista con casi ochenta años de distancia divida las aguas, el terror aquí no radica en la visión de sangre (que no hay) o en una apariencia monstruosa del Vampiro (que no es tal). Lo que horroriza es el mal pueda colarse en una sociedad bajo una apariencia seductora y pasar inadvertido hasta que es demasiado tarde. Y eso sí que da miedo.-

Frankenstein (El doctor Frankenstein) - James Whale, 1931.-


Frente a Dracula, Frankenstein representa un adelanto considerable en términos de calidad general de la película. El ritmo y las interpretaciones son mucho más parejos y la cinematografía es de un claroscuro inquietante. Aquí no estamos en el mundo de los sueños sino en la realidad más concreta y eso da todavía más miedo…
En este caso, el Monstruo (interpretado magistralmente por un Boris Karloff que sin embargo no figura en los títulos iniciales) es quien inspira toda la compasión. El Dr. Frankenstein (Colin Clive) no hace más que jugar a ser Dios, no tiene ningún interés por vencer a la muerte, lo que descubre no es una forma de revivir a los muertos - lo que le hubiera permitido salvar vidas - sino que busca crear un hombre a su imagen y semejanza (por eso el Monstruo está cocido de partes de diferentes cadáveres en lugar de ser una sola pieza). Su asistente Fritz (Dwight Frye en otra interpretación breve pero impactante) es sádico además de ser el culpable de que el Monstruo tenga el cerebro de un criminal. El Barón Frankenstein (Frederick Kerr) y el Dr. Waldman (Edward Van Sloan), el padre y el mentor de Frankenstein no son más que representantes de una Sociedad rancia. Y Elizabeth (Mae Clarke), la prometida del doctor, y Victor Moritz (John Boles), su amigo y rival amoroso en secreto, no tienen el suficiente desarrollo como personajes como para que nos interesemos por ellos.-
Resulta interesante considerar que Frankenstein la ciencia es presentada en conjunción con la muerte y la destrucción más que con la vida y la regeneración. Los avances tecnológicos permiten formas de matar más eficientes (el primer cuerpo del que Frankenstein intenta extraer un cerebro no le sirve, porque la persona murió por el primitivo medio del ahorcamiento) y formas artificiales de prolongar una vida que no debía ser. El verdadero dilema que nos propone la película es determinar qué poder tenía Frankenstein para decidir la creación de vida y qué responsabilidad tiene luego sobre las acciones de esa vida. Y algo más complejo aún: cuando el Monstruo destruye accidentalmente al único ser que le mostró amabilidad, se muestra ostensiblemente angustiado. ¿Es que acaso el Monstruo tiene un alma? Y si es así ¿cuándo la incorporó? ¿Con su creación o con este primer acto de bondad?
Nuevamente, el terror en esta película no surge exactamente de la apariencia del Monstruo sino de estas cuestiones que nos obligan a examinarnos a nosotros mismos y a las Sociedades en las que vivimos.-

Dr. Jekyll and Mr. Hyde (El hombre y el monstruo) - Rouben Mamoulian, 1931.-


Ese año lleno de monstruos terminó con el estreno, el 31 de diciembre, de la mejor película de este trío en mi opinión: Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Desde la primera escena presenciamos una propuesta diferente. Con un largo plano subjetivo, Mamoulian nos identifica desde el comienzo con el protagonista: nosotros somos Jekyll (o tal vez seamos Hyde), sacando el máximo provecho posible del cine sonoro a través del recurso de la voz en off. Además, el uso del plano subjetivo resulta más que apropiado, porque esta es una historia que trata sobre el universo interior del ser.-
En distintas oportunidades Mamoulian recurre al plano subjetivo, aprovechándolo para enfatizar los distintos estados emocionales del protagonista. Así, durante las primeras escenas en las que acompañamos a Jekyll (un gigante Fredric March) en sus diversas actividades (su práctica de órgano, una disertación en la Universidad, la atención en la clínica gratuita, su declaración de amor a su prometida Muriel - Rose Hobart - y su encuentro con la prostituta Ivy - una Miriam Hopkins mejor que nunca, no encuentro palabras para describir su interpretación) la cámara se mantiene estable y con movimientos fluidos. Cuando Jekyll decide comenzar a experimentar con pociones en la liberación de su yo salvaje y logra la primera transformación, Mamoulian vuelve al plano subjetivo pero esta vez los movimientos son agitados y bruscos. Mientras que más adelante, cuando el propio Jekyll ya no gobierna su propio cuerpo, el uso de la cámara se vuelve más y más objetivo. Nosotros también abandonamos ese mundo interior.-
Otro efecto que el director explota al máximo es el de las transiciones con pantallas divididas que siempre muestran a los opuestos lado a lado: juventud y ancianidad, represión y desenfreno, virtud y pecado. Por unos segundos en nuestras pantallas habitan ambas facetas, como habitan también en el Hombre, según Jekyll.-
Dangerous Men, el libro que mencioné antes, hace una comparación muy interesante entre las versiones de 1920 y de 1931, enfatizando que en la primera Jekyll pierde el control a partir de entregarse a su deseo sexual mientras que en la segunda, el problema es la represión. En efecto, una y otra vez Jekyll implora a su prometida y a su futuro suegro (Halliwell Hobbes) que adelanten la boda. La ineficacia de este planteo lo empuja a adentrarse en caminos por los que pueda canalizar sus impulsos, con resutlados desastrosos. Aún no he visto la versión protagonizada por John Barrymore pero resulta interesante comparar las distintas versiones de la misma historia para notar el cambio en la representación de la sexualidad de hombres y mujeres en la década del ‘20 como algo peligroso (pensemos en Valentino, en Theda Bara, en la etapa vamp de Greta Garbo y en la impulsividad temprana de muchos de los personajes de John Gilbert) a la visión de los años ‘30, más relajada y divertida.-
Resulta también interesante analizar que la primera vez que Jekyll se transforma en Hyde lo hace en la seguridad de su laboratorio, sin mayores consecuencias. Es la segunda vez que consume la poción (ya con fines recreativos, dado que su investigación ha terminado) cuando las cosas se salen de control. Hay entonces aquí un segundo subtexto vinculado ya no con la sexualidad sino con el abuso de sustancias que no puede ser soslayado. Y que es magistralmente interpretado por March, en especial en la escena en la que comprueba lleno de angustia que ya no controla a Hyde. El maquillaje de March tal vez no horrorice a nuestros ojos modernos, pero la idea de un mundo en el que pueda existir la pérdida irrevocable de todo freno, de todo atisbo de civilización es la más terrorífica de todas.-