sábado, 31 de diciembre de 2016

Little women (Mujercitas) - Gillian Armstrong, 1994.-

Esta es mi última entrada de este año (ya no queda tiempo para publicar más, claro). Nos reencontraremos el año próximo con más películas y recetas. Espero que sigan acompañándome con sus comentarios tan valiosos para mí y para todos aquellos que leen sin comentar (sé que están ahí), ojalá que en 2017 se animen a hacerlo. ¡Felicidades para todos y buen comienzo!

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Mujercitas no es exactamente una película de Navidad en el sentido en que esta festividad sólo ocupa dos breves escenas en una historia que abarca varios años en la vida de la familia March. Sin embargo, todas aquellas cuestiones que asociamos con las fiestas de fin de año, principalmente las que se vinculan con la unión y la concordia familiar, están presentes en toda la película y (quienes la hayan leído lo recordarán) en toda la novela original. Desde el punto de vista cinematográfico tal vez esta no sea una GRAN película sino solamente correcta, pero de todos modos la elegí para cerrar esta serie de películas navideñas porque sí es un excelente ejemplo de adaptación de una novela de parte de la guionista Robin Swicord: como película tiene vida propia pero al mismo tiempo mantiene intacto el espíritu de la obra original. Y además, ¿para qué negarlo?, la elegí porque me gusta mucho...


Momento N° 1: los deseos de Navidad.-
En una de las primeras escenas, las cuatro hermanas March, Meg (Trini Alvarado), Jo (Winona Ryder), Beth (Claire Danes) y Amy (Kirsten Dunst) celebran una reunión de la Sociedad Pickwick, un club cerrado que las reúne con ropajes masculinos para leer sus propias creaciones, tejer y tomar el té mientras simulan ser “caballeros de la prensa”. Pronto la conversación se desvía hacia un nuevo tema: el enigmático vecino Theodore “Laurie” Lawrence (Christian Bale), a quien todavía no conocen. La visión del muchacho a través de la ventana dispara a su vez un nuevo tópico, el de aquello que las hermanas desean para Navidad. Esta escena me gusta mucho porque hasta ese momento hemos visto a las cuatro hermanas como buenas hijas y almas caritativas que renuncian a su desayuno de Navidad para regalarlo a una familia aún más pobre que ellas, pero a partir de esta escena los personajes adquieren relieve, aprendemos que no sólo tienen virtudes sino también pequeños defectos. En efecto, una de las mejores cualidades de esta historia es que no hay “buenos” y “malos”, todos los personajes son imperfectos, es decir, humanos.-


Momento N° 2: consolando a Amy.-
Cuando Amy gasta parte de los ahorros de Meg en comprar limas confitadas, un artículo prohibido en su escuela, es castigada violentamente por su maestro. Sus hermanas se indignan y su madre (Susan Sarandon), por supuesto que también pero no por ello deja de reprender a su hija menor por haber gastado el escaso dinero disponible en una frivolidad. El motivo por el que me gusta esta escena es por un detalle que condensa con mucha economía una de las subtramas de la novela: la de los demonios internos de la Sra. March. En sintonía con lo que señalaba en el momento anterior, si bien la Sra. March es una de esas madres universales de la literatura y el cine, ella también tiene un defecto. En su caso es el mal genio (rasgo heredado por Jo), sólo que ha aprendido a controlarlo. Sin embargo, en situaciones como la sufrida por Amy, la ira amenaza con salir a la superficie como puede advertirse en su paseo nervioso por la cocina, casi a escondidas de sus hijas, hasta que encuentra la forma de canalizarla en una forma positiva y útil.-


Momento N° 3: una noche en la Ópera.-
En la segunda parte de la película, que transcurre cuatro años después de la primera y se inicia con el casamiento de Meg con John Brooke (Eric Stoltz), el antiguo tutor de Laurie, Jo se marcha hacia Nueva York en busca de su destino como escritora. En la pensión en la que se hospeda conoce a un inmigrante alemán, el Profesor Friedrich Baher (Gabriel Byrne), con quien traba amistad. Después de una discusión (el Profesor no aprueba el tipo de historias sensacionalistas que Jo escribe), Friedrich ofrece a Jo una experiencia a modo de disculpas: la invita a la Ópera, en donde consiguen sentarse junto a los tramoyistas. A decir verdad no tengo mayores explicaciones sobre por qué elegí este momento: es muy romántica, es una adición interesante a la historia (esa escena no está en la novela original) y me gusta mucho. A veces con eso basta…


Momento N° 4: Laurie rescata a Amy, Jo se rescata a sí misma.-
En el tercer acto de la película, luego de que una desgracia cae sobre la familia March (no voy revelar nada por si quedara por allí alguien que no sepa a qué me refiero) tenemos dos parejas rotas: Jo y Friedrich y Amy (interpretada por Samantha Mathis en su edad adulta) y Laurie. Pese a sus diferencias, ambas han discutido básicamente por lo mismo y como resultado de ello tanto Jo como Laurie emprenden un camino de transformación. Este afán le permite a Laurie estar disponible para Amy cuando ésta más lo necesita, y a Jo sobrellevar la experiencia más dolorosa de su vida. Lo que más me gusta de esta idea que recorre toda la película y que está representada en la secuencia que rescato en este momento, es que aquí no se trata de esforzarse en ser digno del otro (que no está nada mal) sino en ser digno de uno mismo: Jo y Laurie no se transforman para agradar a sus enamorados, lo hacen para alcanzar la mejor versión posible de sí mismos, lo cual es aún mejor.-


Momento N° 5: la escena final.-
Aquí sí voy a cometer un pequeño spoiler porque no sé de qué otra forma podría comentar sobre una de mis escenas finales favoritas en toda la historia del cine (y es una de las imágenes que pueden ver en el encabezado de este blog). Hasta el verdadero último momento la situación de Jo y Friedrich queda sin resolver. En la novela esta secuencia es muy cómica e involucra a Jo siguiendo a Friedrich por la ciudad bajo la lluvia, pero imagino que para la película hubiera sido muy complicado de filmar y hubiera prolongado demasiado la duración de la película. En cambio, en esta adaptación se optó por una versión de este encuentro muy sencilla y realmente encantadora, simplemente Jo y Friedrich abrazados bajo un paraguas en un rincón de la pantalla, al borde de un camino polvoriento y, de fondo, la casa - huerto de los March.-
Para terminar el ciclo de películas navideñas preparé otra opción para la mesa dulce, una torta de ricota sin harinas.-

sábado, 24 de diciembre de 2016

Meet me in St Louis (La rueda de la fortuna) - Vincente Minnelli, 1944.-

Meet me in St Louis cuenta la historia de la familia Smith a lo largo de todo un año a comienzos del siglo XX. La trama gira principalmente en torno a Esther (Judy Garland), la segunda de las hijas mujeres, y su romance con John Truett (Tom Drake), “el muchacho de al lado”, pero el verdadero valor de esta película no reside en la historia que cuenta sino en una serie de aspectos que coordinados dan como resultado uno de los musicales más adorables y recordados de la época de oro del género. Sin proponérmelo, resultó que cada uno de los momentos que elegí refleja alguno de estos aspectos…


Momento N° 1: una cena accidentada.-
Durante la secuencia inicial, Minnelli nos presenta a todos los miembros de la familia Smith además de mostrarnos bastantes detalles de la casa en la que viven, lo cual será muy importante para la historia en el segundo y tercer segmento de la película, cuando la amenaza de dejar el hogar penda sobre la familia. Esta presentación es hábilmente manejada para que las acciones y las canciones no sólo describan a los personajes sino que también hagan avanzar la trama. Sin embargo, mi primer momento no tiene que ver con esta secuencia sino con la escena de la comida en la cual toda la familia - excepto el Sr. Smith (Leon Ames) quien nunca está muy al tanto de lo que sucede en casa - espera que la hija mayor Rose (Lucille Bremer) reciba una llamada telefónica de larga distancia de su pretendiente. Esta es la primera oportunidad en la que vemos a toda la familia reunida, hasta ahora sólo habíamos tenido grupos de no más de cuatro integrantes, y entonces surge el primero de los elementos que me gustaría destacar: el ensamble. Si bien Judy Garland es la estrella de la película, cada miembro de la familia Smith tiene su personalidad definida, cada actor tiene al menos un pequeño momento de protagonismo en una forma realmente equilibrada y eso es lo que termina por lograr que sintamos que los Smith son una familia verdadera. Este efecto se traduce en un sentimiento de identificación con ellos: nos parece que los conocemos y por eso nos importa todo lo que les suceda, por mínimo que fuera (en el episodio de Navidad, por ejemplo, John Truett no puede acompañar a Esther al baile porque su traje quedó en la sastrería, lo cual sería totalmente irrisorio si no sintiéramos afecto por estos jóvenes decepcionados).-


Momento N°2: un espectáculo improvisado.-
Desde la primera vez que vi esta película quedé encantada por un pequeño número musical que Esther y la más joven de sus hermanas, “Tootie” (Margaret O’Brien) montan en medio de la fiesta que los mayores dan para sus amigos a modo de despedida del hijo mayor, Lon Jr. (Henry H. Daniels), quien irá a estudiar en la Universidad. La canción se llama “Under the bamboo tree” y creo que después de tanto tiempo al fin descubrí porqué me gusta tanto: había leído acerca de la generosidad de Judy Garland como artista sin entender exactamente a qué se refería la expresión hasta que me fijé con atención en este número. Garland tiene muchos momentos para brillar (de hecho, nadie resaltó su belleza en la pantalla como Minnelli) y para cantar como los dioses pero en este número modera su voz para no “tapar” a O’Brien y guía a la niña a través de la coreografía sin competir con ella, es decir que con su generosidad permite que ambas se luzcan. Meet me in St Louis es una excelente oportunidad para ver a una Judy Garland en plena forma y ese es el segundo aspecto valioso de esta película.-


Momento N° 3: el apagado de las luces.-
Meet me in St Louis fue el primer largometraje que Vincente Minnelli filmó en Technicolor y demuestra que el director tenía sus ideas bien ordenadas desde el comienzo. La película hace gala de un uso maravilloso del color pero también de una cuidadosa cinematografía diseñada conjuntamente con el director de fotografía George Folsey. Hay muchas escenas en las que puede comprobarse este aspecto, pero mi preferida es aquella en la cual Esther le pide a John que le ayude a apagar las luces del comedor después de la fiesta. Esta escena se inicia con un largo plano secuencia (que tomó cuatro días de ensayos) en donde la cámara sube y baja con una grúa, adoptando diferentes ángulos sin cortar hasta que los personajes regresan al recibidor en donde comenzaron su recorrido. La fluidez de la cámara, el foco siempre perfecto, la luz menguante que no es compensada con otras fuentes de iluminación (¿no detestan que en algunas películas los cuartos se llenen de luz “exterior” cuando los personajes apagan las lámparas?), la delicadeza de las actuaciones… ¿se puede pedir algo más a una sola escena?


Momento N° 4: un paseo en tranvía.-
Meet me in St Louis tiene otra gran virtud y es que las canciones están totalmente integradas a la trama. En ningún momento uno siente que la trama se interrumpa para que comience un número musical e inclusive aquellos que no reflejan las emociones o los anhelos de los personajes - como podrían ser aquellos que se interpretan durante la fiesta de los jóvenes - se sienten perfectamente naturales: ¿de qué otra forma se entretendría un grupo de adolescentes en 1903? El número que mejor refleja esta integración es “The trolley song”, durante el cual Esther y sus amigos se dirigen hacia el predio en el que se está montando la Feria Mundial. Comienza como otro número de entretenimiento que entonan los jóvenes mientras Esther se muestra decepcionada porque John no está a bordo, pero cuando él alcanza el tranvía todo cambia. De pronto Esther toma el liderazgo del coro y empieza a cantar casi sin pensar en lo que está haciendo, como si quisiera calmar la emoción que le causó ver a John, hasta que poco a poco se involucra tanto con la canción que olvida la pose elegante y sosegada que adopta frente al muchacho. Es decir que es un número objetivo y subjetivo a la vez, sucede en un contexto “teatral” o de representación pero también es utilizado para expresar las emociones del personaje que lo interpreta y por este doble carácter es tan especial.-


Momento N° 5: la Sra. Smith calma la tormenta.-
Hacia el final del segundo episodio (el que transcurre en la noche de brujas), el Sr. Smith llega con una nueva no tan buena: lo han trasladado a la ciudad de Nueva York y toda la familia deberá mudarse después de Navidad. Todas las sombras que caían sobre la familia hasta ahora (la soltería de Rose, las inclinaciones siniestras de Toottie e incluso algo tan serio como la posibilidad de que la niña pudiera ser abusada por un vecino - sí, extraño tema para un musical) se revelan como insignificantes frente a una calamidad concreta con la que la mayoría de los espectadores podemos identificarnos: la llegada de un cambio inesperado e indeseable. Cada miembro de la familia tiene su motivo particular para rechazar el proyecto del padre (el Sr. Smith nuevamente se presenta casi como un extraño que viene a romper la armonía familiar) y uno a uno abandonan el comedor angustiados… excepto la Sra. Smith (Mary Astor). Con calma, Anna Smith se dirige al piano y toca los primeros acordes de una vieja canción que produce el efecto mágico de reducir la tensión del ambiente. El Sr. Smith comienza a cantar (nada menos que Arthur Freed le presta su voz, primero en un tono demasiado alto y luego en el correcto en un hermoso detalle del guión) y entonces todos regresan y toman un lugar en torno al piano. Todavía están tristes, claro, pero ya más calmados y con la certeza de que sin importar lo que suceda, lo importante es que lo afrontarán juntos. Minnelli utiliza muy pocos planos para esta escena y coloca su cámara siempre en puntos que le permiten captar la mayor cantidad de personajes posible, porque de eso se trata: los Smith son una familia y seguirán siéndolo en cualquier parte. En la tercera parte de la película vendrán más momentos especiales, incluyendo la famosísima “Have yourself a Merry Little Christmas” pero este en particular refleja, en mi opinión, el quinto y último aspecto que hace que esta película sea tan querida: tiene alma, nos habla de cosas que entendemos y que son universales y eternas…
Para la presente entrega de recetas preparé una torta de arándanos que si bien no es de bajas calorías, es mucho más liviana que los típicos budines navideños, espero que la preparen y la disfruten. ¡Feliz Navidad!

viernes, 16 de diciembre de 2016

The bishop’s wife (La mujer del obispo) - Henry Koster, 1947.-


Esta es otra curiosidad navideña, una película extraña e imperfecta que transcurre en épocas festivas. El argumento es bastante simple: Dudley (Cary Grant), un ángel sin alas, se mezcla en el mundo de los mortales para ayudar a un desesperado obispo (David Niven) a redescubrir el valor de la familia y del amor al prójimo. ¿Suena a “¡Qué bello es vivir!”? Pues sí y es inevitable comparar ambas películas cuando uno mira “La mujer del obispo”, para desgracia de esta última…
El mayor problema que tiene esta película, a mi entender, es que le toma una eternidad encontrar el rumbo (casi una hora y veinte minutos) y en el camino sacrifica el alma y la calidez que uno espera encontrar en este tipo de films. Y es que hasta bien avanzada la película los personajes principales permanecen mal delineados y poco atractivos: el obispo está empecinado en construir una catedral (no queda muy en claro para la gloria de quién), su esposa Julia (Loretta Young) parece una coqueta superficial y Dudley intenta salvar al obispo recurriendo a métodos dudosos entre los que se cuentan milagros de tercer orden (que para peor, lucen mal en la pantalla) y la abierta seducción de Julia.-
¿Cuáles son los atractivos de “La mujer del obispo”? Pese a lo que acabo de decir, son varios. En primer lugar, los intercambios cómicos, las miradas, las pausas entre David Niven y Cary Grant son imperdibles. En segundo lugar, la participación de tres secundarias de lujo: Sara Haden (la Flora de “El bazar de las sorpresas”), Elsa Lanchester y Gladys Cooper. En tercer lugar, la fotografía brillante y definida de Gregg Toland (me gusta particularmente la aparición de Dudley en el despacho del obispo cuando su rostro permanece en penumbras indicando la ambigüedad de sus intenciones).-


Pero lo mejor de esta película es que una vez que se le acomodan las ideas emerge una historia encantadora acerca del triángulo amoroso entre un ángel enamorado que desearía ser un mortal, un hombre angustiado ante la idea de perder el amor de su esposa y su pequeña hija y una mujer triste porque recibe de un extraño las atenciones que debería dedicarle su marido; y los tres protagonistas demuestran que están a la altura de las circunstancias. La escena en la cual Dudley se despide de Julia y del obispo está llena de matices gracias a la excelente interpretación de Grant, Young y Niven. Otros momentos encantadores en la segunda mitad de la película están dados por una sesión de patinaje sobre hielo compartida por Julia, Dudley y Sylvester (James Gleason), un taxista que recupera la fe en la humanidad a partir de su encuentro con el ángel, bellamente filmada para disimular la intervención de dobles de los actores, y una escena íntima entre Dudley y la Sra. Hamilton (Cooper), la millonaria viuda que financiará la construcción de la catedral. Dicho sea de paso y si bien en ambas escenas se utilizaron trucos visuales, qué bien que se ve Cary Grant patinando sobre hielo o “tocando” el arpa...
En definitiva, luego de un comienzo perezoso, “La mujer del obispo” termina siendo una película imperfecta pero bella que nos convoca a valorar aquello que nos caracteriza como humanos: los afectos y el servicio al prójimo.-
Continuando con mi menú para las fiestas, en este enlace podrán encontrar una opción de postre bajas calorías.-

sábado, 10 de diciembre de 2016

Bell Book and Candle (Me enamoré de una bruja) - Richard Quine, 1958.-


Esta película curiosísima no es exactamente una película de Navidad, aunque gran parte de la acción transcurre por esa fecha. O, en todo caso, sería una película acerca de la Navidad de los diferentes. La historia transcurre en Greenwich Village en Nueva York, centro de la vida bohemia y de la comunidad homosexual de la ciudad y - en este caso - de la comunidad de brujas y hechiceros también.-
La premisa de la película es simple: las brujas y los hechiceros están por todos lados, mezclados en la sociedad, y llevan una vida bastante animada, aunque no pueden enamorarse. Los miembros de esta comunidad adoran su estilo de vida y aprovechan las ventajas de su condición para su propio beneficio, excepto Gil Holroyd (Kim Novak), quien anhela una vida “normal”. Su pasaporte para ello es Shep Henderson (James Stewart), un editor que vive en el piso de arriba y a quien espera enamorar por sus propios medios, sin hechizos. Ciertamente, Gil es hermosa pero hay un problema, Shep se casará en pocas horas por lo que Gil no tiene tiempo para experimentos y termina por lanzar un hechizo de amor que coloca a Shep en sus brazos automáticamente.-
Richard Quine vuelve a unir en la pantalla a James Stewart y a Kim Novak, luego de la aparición de ambos en “Vértigo” de Hitchcock, en los roles protagónicos y si bien puede parecer que estos actores no son la decisión obvia para una comedia, lo cierto es que la química entre ambos es innegable: vuelan chispas en la pantalla cada vez que comparten una escena (y la verdad es que, en lo personal, luego de haberlos visto sufrir tanto en “Vértigo”, me encanta verlos tan enamorados y felices…. mientras dura). Además, ambos manejan bastante bien el tono de comedia cuando es necesario: la escena en la cual Shep tiene que ingerir un brebaje espantoso que pondrá fin al hechizo de amor o aquella en la cual Gil pierde los estribos y amenaza con destruir a la prometida de Shep son imperdibles. Pero lo mejor de todo es la sinceridad y naturalidad con la que ambos protagonistas abordan sus escenas juntos: su abrazo en lo alto del Edificio Flatiron en su primer amanecer juntos, la petición de matrimonio de Shep (que comienza con una toma encantadora que los muestra abrazados en el sofá cama de la sala de estar de ella, con sus pies descalzos entrelazados sobre la mesita, un detalle de intimidad conecta a Shep con el universo de Gil: una de sus manías es caminar descalza) o la escena final, interpretada sin estridencias. Sólo en ello podemos encontrar motivos maravillosos para ver esta película una y otra vez.-  
Dicho esto, hay que reconocer que “Me enamoré de una bruja” dista de ser una película perfecta. Por empezar, el tono es indefinido, no termina de ser una comedia (aunque en algunas partes logra provocar la risa) ni es por completo una película romántica, sino que anda a caballo entre ambos géneros sin redondear ninguno de ellos. Estéticamente tampoco se destaca demasiado, o al menos la edición que conseguí en DVD no le hace justicia, quiero creer que los efectos visuales utilizados para realzar los trucos de magia de Gil y su pintoresco entorno se verían mucho mejor si la película fuera restaurada. Y sin embargo, no puedo evitar volver a las virtudes de esta película. Ya sea en la química de Stewart y Novak (es tan buena que vale la pena volver a mencionarlo) o en la galería de talentosos actores secundarios (que incluye a Elsa Lanchester, Jack Lemmon y Hermione Gingold) o bien en la franqueza con la que aborda - para su época - la relación sentimental entre los protagonistas (un romance apasionado que Gil no tiene intenciones de santificar con un matrimonio) o en todo eso y más combinado reside el gran atractivo de “Me enamoré de una bruja”.-
Como acompañamiento de esta película, preparé la segunda entrega de mi recetario bajas calorías para las fiestas de fin de año, en esta ocasión les propongo una opción de plato principal.-

jueves, 1 de diciembre de 2016

It’s a wonderful life (Qué bello es vivir) - Frank Capra, 1946.-


Momento N° 1: evitando una tragedia.-
George Bailey (James Stewart) se pasa media película evitando tragedias, pero en este caso me refiero a la secuencia en la cual siendo niño (encarnado por Robert J. Anderson) evita que el Sr. Gower (H. B. Warner), el farmacéutico para el cual trabaja, envenene por error a un niño enfermo. Se trata de una secuencia muy compleja en la que Capra presenta varias situaciones decisivas para el resto de la película: presenta a George como un niño curioso por los lugares más lejanos del mundo, altruista, que apela a la verdad para resolver los problemas que se le presentan y no teme enfrentarse al hombre poderoso del pueblo, el Sr. Potter (Lionel Barrymore), para defender la obra de su familia, es decir, vemos a George tal y como será de adulto; el director presenta también a la coqueta Violet (Jeanine Ann Rose/Gloria Grahame), a la fiel Mary (Jean Gale/Donna Reed) y al despistado tío Billy (Thomas Mitchell), hermano del Sr. Bailey (Samuel S. Hinds), desde entonces con problemas con el inspector del banco. Capra logra introducir todos estos personajes y definir con poco esfuerzo sus características, sin que en ningún momento pensemos que la trama se detiene para dar lugar a la exposición. Aquí todo es trama y drama, pero tan bien llevados que - si entramos en el juego, y soy consciente de que muchísimos no entran - podemos perdernos fácilmente en la historia sin sentir golpes bajos.-


Momento N° 2: un nuevo hogar.-
Mi segundo momento es la llegada de George a su nueva casa, la noche de su boda con Mary. Luego de utilizar el dinero ahorrado para la luna de miel en garantizar los depósitos de sus clientes, el protagonista llega a la vieja casa con la que Mary siempre soñó y que compró como regalo de bodas para su novio. La casa está en ruinas, tiene corrientes de aire y goteras por todos lados pero es un hogar: el ingenio de Mary y la ayuda de los amigos lo han logrado. No faltan ni las pantuflas al pie de la de cama (algún día espero terminar de redondear una vieja idea que me persigue hace tiempo sobre las parejas que comparten la cama y las que no lo hacen en el cine clásico, suele ser un detalle muy revelador acerca de la intimidad de la pareja…). Creo que este es el momento más hermoso del personaje de Mary, aquel en el cual confirmamos que sin importar qué avatares atraviese George, podrá superarlos porque ella está a su lado.-


Momento N° 3: la plegaria en el bar.-
Hacia la mitad de la película el panorama no podría ser más oscuro para George: está sumamente frustrado por no haber podido realizar sus sueños de juventud, insatisfecho con su vida familiar y encima de todo enfrenta la cárcel y el escándalo por un error de su tío Billy. Desesperado busca refugio en el bar de uno de sus clientes, el Sr. Martini (encarnado por uno de esos secundarios anónimos pero siempre identificables, William Edmunds), y masculla una plegaria. James Stewart tiene muchos monólogos a su cargo en esta película (uno de mis favoritos es aquel que pronuncia frente a los accionistas de la compañía de su padre para convencerlos de que no disuelvan la empresa), pero este momento en el cual se deshace en llanto supera a todos. Según leí, Capra reencuadró la toma en la etapa de posproducción para obtener un plano cerrado de Stewart y captar mejor su emoción y ¡vaya si hizo bien!


Momento N° 4: recorriendo Pottersville.-
Como respuesta a la plegaria de George, desde el Cielo llega Clarence (Henry Travers), un Ángel de Segunda Clase que anhela obtener sus alas. Clarence resuelve mostrarle a George cómo hubiera sido la vida de sus seres queridos si él nunca hubiera nacido. Cada una de las tragedias que evitó sacrificándose por los demás, se habría concretado (la más desgarradora para mí es la suerte de su madre - Beulah Bondi) y nada más contundente para el espectador, inclusive más que los tristes destinos personales de los familiares y amigos de George, es lo que hubiera ocurrido con Bedford Falls, el pueblo en el que transcurre la historia, que de no haber existido el protagonista habría caído bajo el dominio del Sr. Potter. Ese pueblo encantador que tan bien conocemos nos es mostrado como un lugar tenebroso y hostil, sin lugar para la familia o los buenos sentimientos. En mi siguiente momento Capra demostrará la importancia del conjunto pero por ahora hace una declaración bastante fuerte respecto a lo que un individuo puede lograr simplemente obrando bien para los demás…


Momento N° 5: los amigos vienen al rescate.-
Luego de su recorrido del horror por Pottersville, George llega al mismo puente en el que encontró a Clarence e implora vivir de nuevo. Cuando retoma su vida en donde la dejó es recogido por el policía local y llevado con prisa a su casa. Allí se reencuentra con sus hijos y con Mary y pocos segundos después todos aquellos a los que George ayudó desde que era un niño comienzan a llegar con sus ahorros para ayudar a reunir el dinero perdido por el tío Billy. Por encima del montón de dinero George encuentra un mensaje de Clarence y entonces suenan unas campanillas: es el signo inequívoco de que Clarence obtuvo finalmente sus alas por haber salvado a un hombre maravilloso. Muchos podrán decir que el final es sensiblero e inverosímil… y tendrían razón pero ¿qué importa? Al menos una vez al año es necesario ver ¡Qué bello es vivir! para recibir un levantón de ánimo.-
Inaugurando este mes de festividades preparé dos entradas para un menú bajo en calorías. En las próximas entregas de este mes presentaré el resto de los platos.-

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Anna Karenina - Joe Wright, 2012.-

Luis Serrano, autor del sitio El cine en que vivimos tuvo la amabilidad de invitarme a contestar un cuestionario sobre cine y crítica para su blog. Si gustan leerlo, pueden encontrarlo aquí. Aprovecho la ocasión, además, para agradecerle nuevamente a Luis por pensar que mis opiniones podían resultar interesantes.-


Momento N° 1: Levin llega a Moscú (por primera vez).-
Escribió Hildy Johnson: “Wright se tira por el precipicio, arriesga y para la que esto escribe gana”. Para mí también. Desde la primera toma con ese telón que se levanta (mi corazoncito hitchcockiano escucha el eco de Pánico en la escena), el director nos propone un juego único, nos dice “esto no es real, es puro artificio, la apariencia lo es todo” y lo expone en la pantalla, literalmente. Wright se aferra a su juego hasta el final, sin perder nunca el hilo. El primer momento deslumbrante en la película ocurre, en mi opinión, a poco del comienzo cuando Wright ya cumplió con explicar el lenguaje que utilizará y puede permitirse un poco de diversión: es la secuencia que muestra la llegada de Levin (Domhnall Gleeson) a la oficina de su amigo Stiva (Matthew Macfadyen). Todo comienza con la sincronización del sonido del tren que traslada a Anna (Kiera Knightley) con el que producen los empleados de Stiva al sellar documentos y a partir de allí se despliega un verdadero número musical (de hecho, creo que Anna Karenina es un musical sin música: toda la película está cuidadosamente coreografiada y tiene ritmo) que se prolonga hasta que Levin y Stiva se encuentran en un lujoso restaurante para cenar. La pasión de Wright por los planos secuencia encuentra su cauce en esta escena en una forma maravillosa y bastante difícil, para mí, de describir. Simplemente tienen que verla…



Momento N° 2: un baile decisivo.-
Anna Karenina viaja a Moscú para intentar que su cuñada Dolly (Kelly Macdonald) perdone la infidelidad de Stiva. Pasada la crisis, Anna acepta una invitación para ir a un baile en el cual Kitty (Alicia Vikander), la hermana menor de Dolly, espera recibir la declaración amorosa del Conde Vronsky (Aaron Taylor-Johnson). Sin embargo todo se desbarata cuando Anna y Vronsky, atraídos el uno por el otro desde su encuentro en la estación de trenes, bailan juntos. Wright ya había jugado con la idea de contar una escena de baile desde un punto de vista subjetivo en Orgullo y Prejuicio (película que está muy presente en Anna Karenina, hay muchas ideas esbozadas en aquélla que se perfeccionan en ésta), pero aquí se supera. La complicada coreografía que siguen los personajes, que comienza emulando los cuellos de los cisnes y termina por representar lo que parecen ser serpientes enroscándose, la banda sonora que superpone dos ritmos, la expresión de Kitty, todo ello cuenta la historia de la pasión devastadora de Anna y Vronsky y tiene su punto final con el sonido penetrante del silbato del tren, augurio de muerte para la protagonista.-



Momento N° 3: sellando el destino de los amantes.-
Justo cuando Vronsky está a punto de perder las esperanzas, coincide con Anna en lo de su prima, la Princesa Betsy (Ruth Wilson). Esta escena comienza con una toma impactante, en la cual los invitados de Betsy permanecen inmóviles entre arañas que descienden. Wright continúa con su propuesta estética mostrando la artificialidad del mundo en el cual Anna y Vronsky se mueven. En ese contexto, Karenin (Jude Law), el serio y desapasionado esposo de Anna, casi llega a parecernos simpático y ese es uno de los aciertos del director: Wright quiere a sus personajes a pesar de sus defectos y se esfuerza por humanizarlos. El discurso con el que Karenin pretende llamar a la prudencia a su esposa resulta ser un buen consejo pero llega demasiado tarde: Anna ya decidió entregarse a su pasión. La transición entre la conversación de los esposos y el primer encuentro de Anna y Vronsky es maravillosa (Anna se acuesta junto a Karenin en la oscuridad y cuando se incorpora ya está con Vronsky) e inaugura una nueva etapa en la película. Hasta este momento, el único personaje que vive en el mundo “real” es Levin; a partir de su primer encuentro Anna y Vronsky también habitarán este mundo, encontrándose al aire libre o bien en la casa que comparten, que es la única en la película (excepto la de Levin, claro) que no parece un decorado. De esta forma, Wright nos invita a creer en la autenticidad de este romance con un agregado especial: el aspecto más cuestionable de Anna (y que la vuelve antipática a mis ojos) es que ella se vuelca a la pasión amorosa sabiendo que de esta forma perderá a su hijo. Independientemente de la justicia de la situación, ella sabe que no puede tener a ambos y escoge a su amante antes que a su hijo. En este sentido el pequeño Serhoza (Oskar McNamara) es permanentemente asociado con el mundo artificial de su padre, excepto por una única escena en la cual Anna lo persigue en un laberinto. Este entorno controlado pero natural al fin, permite a Wright indicar que el amor de Anna por su hijo es genuino pese al tenor de sus decisiones.-



Momento N° 4: una declaración de amor.-
El afán permanente de Levin por encontrar el sentido de su vida sigue encontrándose con el recuerdo de Kitty. Resuelto a jugarse el todo por el todo vuelve a Moscú y con la complicidad de Stiva logra reunirse nuevamente con Kitty en una cena de la cual también participa Karenin. La escena que sigue es una de las más hermosas de la película: Wright deja hacer a sus actores y termina brindando una escena delicada, de una sinceridad que contrasta con la ampulosidad y dramatismo que caracteriza la relación entre Anna y Vronsky.-



Momento N° 5: el final de Anna.-
Creo no cometer ningún spoiler si señalo que Anna termina suicidándose al arrojarse a las vías de un tren, porque el final trágico de esta historia es bastante conocido. Lo cautivante de esta película es la forma en la que Wright llega a este final: atormentada por la negativa de Karenin a concederle el divorcio, por la separación de sus hijos, por la censura social y por la infidelidad que sospecha en Vronsky, Anna se hunde en la desesperación y emprende un viaje sin destino (en la película no se aclara dónde va Anna, pero de nuevo, la transición que la coloca dentro del tren es maravillosa). El final de la película es ambiguo: Serhoza y la hija natural de Anna y Vronsky (criada como hija de Karenin) se pierden en un prado bajo la mirada de un Karenin de actitud relajada. Sin embargo, cuando la cámara se aleja vemos que ese prado está en verdad en el mismo teatro en el que se desarrolla la acción. Si la naturalidad ha conquistado la artificialidad o si por el contrario es dominada por ésta queda a criterio de cada espectador…
Vuelvo después de mucho tiempo con una receta, en este caso se trata de la sopa de repollo que Levin no puede dejar de ordenar y que le transforma en objeto de las bromas de Stiva.- 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cabaret - Bob Fosse, 1972.-


Momento N° 1: descubriendo el universo de Cabaret.-
En un artículo anterior mencioné que todo buen comienzo debe situarnos en tiempo, espacio, tono y ritmo de una película y el número “Bienvenidos” de Cabaret logra exactamente eso. Sin demoras, Fosse nos introduce de la película de la mano de un Maestro de Ceremonias innominado (Joel Grey) en un universo moral y sexualmente ambiguo, en donde nunca estamos seguros de lo que estamos viendo y nunca estamos totalmente cómodos. El director presenta también el lenguaje del cual se valdrá: aquí los números musicales (incluidos siempre en contextos teatrales o de presentaciones públicas) no hacen avanzar la trama ni están desconectados de ella como suele verse en los musicales clásicos sino que la comentan. Se presentan también los personajes principales: el Maestro de Ceremonias que comenta una realidad de la que no participa (él nunca aparece fuera del cabaret ni con ropa de calle), Brian Roberts (Michael York), un joven inglés recién llegado a Alemania y Sally Bowles (Liza Minnelli), la estrella norteamericana del Kit Kat Club (por cierto, la presentación de Minnelli, que aparece en la última fila del coro y recibe poca atención de la cámara, me resulta un eco encantador de la presentación de su madre, Judy Garland, en Easter parade de Charles Walters, filmada el mismo año del nacimiento de Liza). Finalmente Fosse nos mete de lleno en un ritmo de montaje cuidadosamente elaborado que hace bailar la imagen y sabe cuando acelerarse para aumentar la sensación de confusión visual y cuando disminuir para reconfortarnos.-


Momento N° 2: construyendo un ícono.-
Mi segundo momento está dedicado exclusivamente a Liza Minnelli en su número “Mein Herr” (si nunca lo vieron o no lo tienen presente, por favor, por favor búsquenlo en Youtube, dura sólo  tres minutos y medio y es absolutamente maravilloso). Yo no soy seguidora de su carrera pero debo decir que es muy impresionante ver a un intérprete comerse la pantalla a mordiscones, irradiando electricidad pura como lo hace Minnelli aquí, siendo ella misma y su personaje al mismo tiempo (esto no es tan fácil de lograr como suena, considerando que no se supone que Sally sea tan buena artista como sí lo es Minnelli) y dejando - de paso - un ícono eterno con su sombrerito y sus medias negras. El recuerdo de la Lola Lola de Marlene Dietrich en El ángel azul de Josef von Sternberg es inevitable y vale como homenaje, reinterpretación y aporte a la trama: seguramente Sally vio la película, estrenada en 1930, un año antes que el año en el que transcurre la película… y pensó que ella lo hubiera hecho mejor.-


Momento N° 3: un mañana tenebroso.-
Solamente un número musical de Cabaret se desarrolla fuera del Kit Kat Club pero es tan opresivo como pueda imaginarse. En un hermoso día en la campiña un joven de aspecto angelical comienza una canción en un primerísimo primer plano. Cuando el plano se abre un poco más vemos su uniforme pardo, luego otros más y a medida que la canción se endurece incitando al pueblo alemán a levantarse en un grito nacionalista, los presentes (hombres, mujeres y niños sencillos) se ponen de pie y se unen al coro. Sólo un anciano que evidentemente ha visto mucho como para ser optimista, permanece sentado y cabizbajo. Esta escena es central en la Historia con mayúsculas contada en la película pero también es relevante en cuanto al lenguaje utilizado por Fosse: este número, al igual que los demás, también comenta la realidad al trazar un paralelismo entre la desviación del pueblo alemán y la corrupción de Brian, quien finalmente acepta el costoso regalo que Max von Heune (Helmut Griem), el acaudalado amante de Sally, intenta darle. Un plano del perturbador Maestro de Ceremonias reafirma este comentario y también nos interpela mirando directamente a cámara: Fosse a través de este personaje nos obliga a prestar atención, el nazismo en Alemania y cualquier otro movimiento totalitario en cualquier parte del mundo no son implantados en las sociedades de la noche a la mañana sino que suceden poco a poco, a plena luz del día y cuentan con el apoyo de aquellos que no quieren entender de qué se trata la cosa.-


Momento N° 4: volviendo a casa de madrugada.-
Como resultado de sus romances con Max y con Brian, Sally queda embarazada. En un primer momento planea abortar (el costo del procedimiento es el abrigo de pieles que Max le obsequió), pero luego nace un sueño: Max ya se esfumó pero a Brian no le importa que tal vez no sea el padre del bebé y está dispuesto a criarlo como suyo, con Sally como su esposa, en Inglaterra. Durante un tiempo todo parece perfecto hasta que la realidad comienza a agrietarse nuevamente y una madrugada Sally llega a casa… sin su abrigo de pieles. Esta escena por sí sola justifica el Oscar a Mejor Actriz recibido por Liza Minnelli (no es que el Oscar siempre refleje los méritos verdaderos, pero en este caso es así). La que llega no es la Sally poderosa del escenario, ni la que juega a ser una femme fatale ni tampoco la que decepcionada por el plantón de su padre grita con voz infantil “¡ya verá, voy a convertirme en una estrella de cine!”. Esta Sally, sin maquillaje ni pestañas postizas, es auténtica, realista, frágil y está terriblemente sola.-


Momento N° 5: el golpe final.-
El final de la película es abrupto y (vuelvo a usar la palabra) perturbador. El Maestro de Ceremonias abandona el escenario en medio de una canción con una reverencia aparatosa y la cámara hace un paneo por el espejo deformante con el que abrió la película, solo que esta vez el público que se refleja en él está sembrado de uniformes nazis (atrás quedaron los tiempos en los que el encargado echaba a patadas a los uniformados que recorrían las mesas pidiendo colaboraciones) y los créditos corren sobre esta imagen en medio del más absoluto silencio. Bob Fosse nos deja de un estado de ánimo muy diferente al que esperamos de un musical, como sólo él sabía hacer...

sábado, 29 de octubre de 2016

Les Misérables (Los miserables) - Richard Boleslawski, 1935.-

Hace un mes que no publico entradas, pero todo este tiempo no fue en vano, hablando desde un punto de vista cinematográfico. En estas semanas me perdí entre las páginas de un libro interesantísimo sobre los hombres del cine pre-code, descubrí un puñado de películas que nunca había visto antes y devoré una biografía de Fredric March, una de cuyas películas hoy traigo para ustedes.-
He visto varias adaptaciones de Los Miserables, incluyendo la versión francesa dirigida por Robert Hossein en 1982 de la cual solo recuerdo una escena muy fuerte en la que se muestra en un montaje cómo Fantine se degrada más y más a medida que vende su cabello, sus dientes y su cuerpo; y me atrevería a decir que esta de 1935 tiene que ser una de las mejores.-


Uno de los principales puntos de interés está dado por las poderosas interpretaciones de los dos protagonistas. Charles Laughton compone un Inspector Javert implacable pero a la vez vulnerable y para establecer esta característica el guionista W. P. Lipscomb toma una decisión inteligente en su adaptación de la novela original. Lipscomb incluye una breve escena en el comienzo de la película en la que se nos muestra que el Inspector Javert genera dudas en sus superiores a causa de sus orígenes (su padre era un convicto y su madre, prostituta) y logra una designación exclusivamente gracias al discurso que pronuncia al borde del llanto y en el cual expone que el cumplimento de la ley es la única razón de su existencia. Luego de esta escena no puede quedarnos ninguna duda: este hombre hará hasta lo imposible para cumplir su misión y esta característica da sentido a su comportamiento a lo largo de la película y sobre todo a su final.-
Pese al gran trabajo de Laughton, es Fredric March en el doble papel de Jean Valjean y el reo Champmathieu quien se lleva todos mis aplausos. Cuanto más veo del trabajo de este actor camaleónico, más me gusta (¡el hombre llora en cámara! ¿de cuántos actores de esa época - o de esta - podemos decir lo mismo?) y Les Misérables no hace más que aumentar esta impresión. March tiende a sobreactuar un poquitito pero aquí sorprende con su autolimitación. Valjean es un hombre de emociones contenidas, que busca redención a través del amor y la fe (así como Javert hace lo propio a través de la ley), que está obligado a vivir alerta durante los veinticinco años que abarca la película y es así como March lo interpreta. Incluso como Champmathieu (el pobre vagabundo idéntico a Valjean que está a punto de ser condenado por las faltas de éste) inspira compasión por el doloroso ridículo de este personaje.-
March y Laughton están acompañados de numerosos secundarios de mayor o menor mérito. Entre los primeros se encuentra, en mi opinión, Florence Eldridge (esposa de March en la vida real) en el papel de Fantine, la mujer que es despedida injustamente de la fábrica que Valjean explota bajo una falsa identidad y que recurre a la prostitución para mantener a su pequeña hija Cosette. Eldridge cubre muy bien el rango de emociones de este personaje, sobre todo en la escena en la cual confronta a Valjean: en la película no existe ninguna mención a la situación actual de Fantine, pero cuando la vemos atacar a Valjean con una mezcla imposible de ferocidad y resignación sabemos que algo muy malo ha sucedido con ella. Su vestuario sugerente y vulgar completa el efecto (así y todo, me parece una pena que esta película no se haya estrenado un año antes, cuando todavía no estaba vigente el Código Hays, hubiera sido maravilloso ver esta misma película pero en versión pre-code).-
Un correcto Cedric Hardwicke en el papel del obispo que da una segunda oportunidad a Valjean y Frances Drake, de interpretación despareja como la desdichada Eponine (presentada aquí sin su conexión con Cosette y solamente como la tercera en discordia entre los jóvenes amantes del tercer acto) completan la galería de secundarios por los que todavía podemos interesarnos un poco. Dejo fuera a John Beal (Marius) y a Rochelle Hudson (Cosette), que no inspiran ninguna simpatía y el poco desarrollo que tienen sus personajes (en especial el de Cosette) tampoco ayuda…


Pero esta película no es valiosa exclusivamente en el trabajo de los actores. Los escenarios son notables (en especial el barco de guerra en el que Valjean cumple su condena y los desagües de París) y la cinematografía está en manos de Gregg Toland. Hay otro aspecto que me pareció muy interesante y es la forma en la que el director logró incluir los elementos de crítica hacia la administración de justicia y la Iglesia que la historia contiene. En la primera escena, cuando Valjean es condenado, el Juez nunca levanta la mirada de su libro de leyes, ninguno de los asistentes presta atención al desarrollo del juicio (excepto la hermana y sobrinos de Valjean) y hasta el Cristo gigantesco que domina la sala mira hacia otro lado. Más adelante, el juicio seguido contra Champmathieu es presentado como una farsa sin ningún rigor jurídico. Incluso cuando Valjean es liberado y descubre que los guardias lo estafaron, el sacerdote presente le sugiere calmarse y aceptar la menor cantidad de dinero que pretenden pagarle por sus años de trabajo pesado en las galeras. Por el contrario, los íconos religiosos son reducidos al mínimo en la casa del obispo y en el convento al cual Valjean recurre para esconderse con la pequeña Cosette tras la muerte de Fantine. De igual manera, en sus momentos de mayor angustia Valjean recurre al altar improvisado que forman el manto de la chimenea y los candelabros de plata obsequiados por el obispo, no a figuras religiosas. Así, Boleslawski de la mano de Victor Hugo, construye un universo en el cual el apego ciego a un dogma vacío (ya fuera religioso, social, ideológico o legal) destruye a los “miserables”, quienes sólo pueden ser salvados a través del amor al prójimo y la generosidad.-

jueves, 29 de septiembre de 2016

September affair (Idilio en septiembre) - William Dieterle, 1950.-


Recientemente descubrí esta película cuya existencia ignoraba completamente y quedé sorprendida por varios motivos.-
Idilio en septiembre cuenta la historia de David Lawrence (Joseph Cotten) y Marianne “Manina” Stuart (Joan Fontaine), dos norteamericanos que se conocen en el avión que debe llevarlos a Estados Unidos desde Roma. Un desperfecto mecánico obliga al avión a hacer escala en Milán y ambos aprovechan el tiempo paseando en taxi por la ciudad. La prolongación del almuerzo y un error de cálculos provocan que pierdan el avión y entonces David y Manina resuelven abandonar sus planes iniciales y visitar la Isla de Capri. Eventualmente, su acuerdo de pasar el tiempo como amigos queda en la nada cuando se enamoran (aunque viendo la expresión de David es de sospechar que su voluntad nunca fue muy firme que digamos) pero hay un obstáculo: David está casado y su esposa, de la cual está sentimentalmente alejado hace años, acaba de escribirle que no piensa concederle el divorcio. Sabiendo esto Manina intenta frenar la relación antes de que sea demasiado tarde hasta que sucede lo inesperado, el avión que perdieron se estrella y ambos figuran entre la lista de víctimas fatales. Sin pensarlo demasiado, la pareja decide no comunicar a nadie la verdad y alquilar una villa en Florencia para pasar allí el resto de sus vidas, aunque pronto la realidad les enseñará que tirar todo por la borda no es tan fácil como suena, como permanentemente les advierte la mentora de Manina, María Salvatini (Françoise Rosay).-
El primer motivo de sorpresa que encontré en esta película es la gran interpretación de Joan Fontaine. Quienes hayan leído mis entradas sobre Rebecca y Suspicion, las dos películas que Fontaine hizo con Alfred Hitchcock, sabrán que no está precisamente entre mis actrices favoritas. Aquí, sin embargo, se presenta como una actriz madura (quedó atrás la mujer-niña que encarna en sus películas de los años ‘40), con sus gestos y tono de voz más en control que en aquellas primeras apariciones y claro que aún conserva sus manierismos pero entre la determinación de su personaje y su estética favorecedora (vestuario de la gran Edith Head incluido) debo decir que el cambio es muy positivo. Y también está Joseph Cotten, que como co-estrella debió ayudar mucho con la naturalidad que derrocha en este personaje. El encanto de Cotten hace que olvidemos que David es básicamente un tipo que se hace pasar por muerto para empezar una nueva vida, dejando atrás a su hijo David Jr. (Robert Arthur) que apenas puede considerarse como un adulto y una mega empresa de la cual dependen - se supone - cientos de trabajadores, eso sin contar a su esposa Catherine (Jessica Tandy) que no es tan egoísta como se la pinta a través de los ojos de David.-
Otro aspecto interesantísimo de la película es la gran cantidad de referencias tanto pasadas como futuras que confluyen en ella. He leído varios comentarios que la vinculan con Brief encounter, pero a mí me hizo pensar más en la sección media de Now, voyager (Irving Rapper, 1942) y muy ligeramente - aunque sea en espíritu, dado que la historia y las motivaciones son totalmente diferentes - en Love affair o en An affair to remember (Leo McCarey, 1939 y 1957 respectivamente), en Dodsworth (William Wyler, 1936), que todavía no vi, en Avanti! (Billy Wilder, 1972) o en Roman Holiday (William Wyler, 1953) por el uso cautivante de los paisajes naturales para contar la historia (hay también una anticipación a aquella famosísima escena de From here to eternity - Fred Zinnemann, 1953). Estas resonancias confirman una vez más que podemos volver a ver la misma historia, si está bien contada…
Como siempre, el punto más delicado en estas películas está en su resolución. En cada uno de los ejemplos que mencioné anteriormente (excepto en Dodsworth que, reitero, no vi y ¡por favor no me cuenten el final si lo conocen!), la trama está brillantemente resuelta en una forma coherente con el resto de la historia. Es aquí en donde Idilio en septiembre falla, en mi opinión. El final se produce en una forma precipitada, poco desarrollada y contraria al curso que la historia traza hasta ese momento, convirtiendo todo en una experiencia inútil y a David Jr. y a Catherine en los únicos personajes valiosos, puesto que son los únicos que se han transformado.-