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Un mes con… Frank Capra (tercera parte).-

Platinum Blonde (La jaula de oro), 1931.-


Estrenada el mismo año de The Miracle Woman, Platinum Blonde se pensó como un vehículo para Loretta Young hasta que Jean Harlow irrumpió como un tornado en las pantallas transformándose en una estrella.-
La historia nos lleva de nuevo al mundo del periodismo. Stewart “Stew” Smith (Robert Williams) es enviado a cubrir un escandalete en la alta sociedad (hay algo aquí que anticipa The Philadelphia Story). La familia en cuestión intenta sobornar a Stew para que no publique la historia pero él es inflexible y aunque queda cautivado por Ann Schuyler (Jean Harlow), la hija de la familia, la nota sale en la primera plana. Luego de un acto de redención de parte de Stew, Ann se casa impulsivamente con él y lo convence de mudarse a la mansión de su familia, desde donde Stew intentará conservar sus principios.-
En toda esta historia el rol de Loretta Young (una reportera de sociedad llamada Gallagher enamorada en secreto de Stew) queda bastante desdibujado aunque Young saca todo el partido posible de su poco tiempo en pantalla. Sin dudas la fuerza motora de la película es Williams con mucho espacio para que Harlow se imponga como estrella en ascenso. Smith, con el rostro impasible de Williams en un estilo similar al de Bing Crosby (y una apariencia que recuerda a la de Bill Murray), va entregando una a una las prendas de su individualidad a medida que Ann gana terreno (primero se instala en la mansión, luego adopta las batas de seda y el frac impuestos por su esposa y finalmente, como último acto de claudicación, acepta unas odiadas ligas con sus iniciales grabadas a las que siempre se había negado) pero al mismo tiempo se las ingenia para dar pequeñas batallas, como la que lo lleva a rechazar la colaboración de un valet personal (Claud Allister en uno de esos personajes homosexuales que aparecen aquí y allá en el cine pre-code) o a echar a patadas a un periodista rival (Walter Catlett, el sheriff de Bringing up Baby) que se atreve a mencionar que ahora solo vale como marido de su mujer.-
Y del lado de Ann, Capra tiene la habilidad de retratarla no como una heredera caprichosa ni como la villana que aleja a Smith de Gallagher, sino como una joven que más allá de tomar a su esposo como un “proyecto”, parece verdaderamente enamorada de él y conmovida por el buen gesto que Smith tiene hacia su familia. Las escenas entre Williams y Harlow son una delicia, especialmente aquella en la cual ambos cantan una cancioncilla en su dormitorio de recién casados.-


En cuanto a la estética de la película, de nuevo me encontré con momentos de esos que emocionan por su belleza o por su habilidad para contar con imágenes. Aquí también hay escenas nocturnas increíbles que sirven para resaltar ya sea la intimidad o la separacion de la pareja formada por Smith y Ann. Y la mansión de los Schuyler ocupa un rol preponderante en la historia: sus grandes espacios son utilizados por Capra para agrupar a los personajes o separarlos según sus lealtades y diferencias. Así, cuando Ann y Smith acaban de revelar a la familia de ella que se casaron en secreto, la pareja aparece unida en el salón mientras el abogado de la familia (Reginald Owen) hace reverencias desde un balcón interior que hace pensar en un teatro de marionetas. Pero más adelante cuando la relación se resquebraja y es Smith quien hace las reverencias desde lo alto mientras la familia está reunida en el salón, la cámara toma el punto de vista de Smith indicando que él no es una marioneta sino que acaba de tomar las riendas de la situación. En un sentido similar, cuando Gallagher se presenta en la mansión para cubrir un evento y tiene un encuentro significativo con Smith en un patio a la luz de la luna, Capra los muestra como una unidad mientras que Ann está a la distancia tanto de ellos como de nosotros (la fotografía que encabeza este texto corresponde a este momento).-


Más adelante cuando Smith se revela del todo, Capra nos permite ver el vestíbulo vacío de la mansión y a Smith como un personaje diminuto que vaga perdido hasta que no puede resistir la tentación de gritar para probar el eco. Esto llama la atención del mayordomo Smythe (Halliwell Hobbes) quien se une a Smith en su diversión y sutilmente le indica que está fuera de lugar con los Schuyler, que uno hace mejor en quedarse allí donde pertenece.-
Finalmente, como no podían faltar allí están los personajes secundarios que completan el universo de Capra: los otros periodistas que aprovechan la soledad de la mansión para hacer una gran fiesta, el mendigo que nos recuerda que estamos en plena Depresión económica, el abogado de los poderosos al que el héroe le canta las cuarenta. Todo ello condensado en una comedia ligera sin desperdicio que viene a reafirmar mi devoción por el Frank Capra del período pre-code.-

Comentarios

  1. Cómo te he disfrutado leyéndote, querida Bet. Esta película la vi hace una barbaridad y apenas tenía recuerdos de ella. Tengo que recuperarla. Me encantan los fotogramas que has elegido. Y todo lo que cuentas. Me interesa mucho la filmografía de Jean Harlow. Hizo pocas películas, pero tiene títulos muy interesantes. Es una peculiar rubia platino...

    Beso
    Hildy

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    Respuestas
    1. Para mí Harlow es aún un enigma, no he visto gran cosa de ella. Me intriga sobre todo su dupla con Clark Gable, en especial Red Dust (nuestro adorado John Gilbert había recibido el ofrecimiento de protagonizar esa peli como una forma de restablecer su status de estrella, pero Gable fue elegido en definitiva). Sí lei "Bombshell", una de las biografías de ella más reconocidas y me encariñé con su figura.
      En cuanto a lo estético, Capra se está dirigiendo derechito a disputar el puesto de director favorito, qué puedo decir. O al menos a integrar una suerte de Olimpo, que el abanico es demasiado amplio como para quedarse solo con uno. Aún me queda una peli más por descubrir antes de que termine el mes, una a la que le tengo ganas hace tiempo...
      Me voy ahora corriendo a tu blog, que vi que has comentado una que me fascina.-
      Un besote enorme, gracias por tus piropos de siempre que son como un abrazo transoceánico, Bet.-

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