Últimamente estuve explorando varias piezas de film noir menos conocidas y menos típicas, intentando descubrir las claves del género más allá de los esquemas tradicionales del detective obsesionado con el objeto de su investigación, o el hombre inocente que se ve envuelto a su pesar en una trama perversa, etc. Así fue que me decidí a ver esta película, que ya había captado mi atención por estar protagonizada por dos actores que este año se han destacado en mi lista de “nuevos favoritos”.-
Un hombre cojo cuyo rostro no vemos llega a su cuarto, agarra un arma de un aparador y luego se toma un ómnibus con destino a California. A lo largo del viaje desde Nueva York, en el cual el extraño nunca duerme, descubrimos que tiene el rostro de Robert Ryan. En su llegada al pequeño pueblo de Santa Lisa lo primero que hace es buscar el nombre de Frank R. Enley (Van Heflin) en la guía telefónica y así empieza una persecución en el transcurso de la cual descubriremos un secreto que vincula a ambos hombres durante su combate en la II Guerra Mundial.-
Esta película es verdaderamente fascinante. Desde el punto de vista estético Zinnemann logra, junto al director de fotografía Robert Surtees, un blanco y negro punzante que nos mantiene en vilo durante las escenas nocturnas, especialmente en aquella en la cual Frank y su esposa Edith (Janet Leigh) se esconden en el interior de su vivienda mientras Joe Parkson (Ryan) merodea e intenta entrar, o cuando Frank le cuenta a Edith lo ocurrido en la guerra, en la penumbra de una salida de incendios. Al mismo tiempo, el uso del sonido es magistral. La cojera de Joe es utilizada no sólo desde un punto de vista narrativo (es su secuela de guerra y aquello que no sólo le ha marcado la marcha sino también el espíritu, como le dice su novia en una escena) y visual para individualizar al personaje, sino también sonoro. Aún cuando no veamos a Joe, siempre sabemos cuando se acerca a través del sonido de su marcha. Y cuando no se desplaza a pie, sino en bote en una tensa escena que tiene lugar a plena luz del día en un lago, el chirrido del soporte del remo lo acompaña.-
El guión nos presenta además una galería de personajes fascinantes, interpretados por grandes actores. Los dos principales, Frank y Joe, son hombres complejos. El primero dejó atrás lo sucedido en la guerra y se convirtió en un auténtico George Bailey, un hombre (en este caso un arquitecto) que inspiró la construcción de viviendas accesibles no a los inmigrantes en este caso, sino a los veteranos de guerra; es el verdadero corazón de la comunidad. Por su parte Joe no puede superar el pasado, su cojera es el recordatorio permanente de lo ocurrido y sólo encontrará paz (¿encontrará paz algún día?) cuando vengue a sus compañeros de batallón muertos en la guerra. Las mujeres que los acompañan, Edith y Ann (Phyllis Thaxter) respectivamente, no terminan de comprender (una porque no quiere saber y la otra, porque quiere seguir adelante) el peso del pasado. Y en su descenso a la confrontación de ese pasado que prefiere olvidar, Frank conoce a otros tres personajes interesantísimos: el abogado Gavery (Taylor Homes), el “pesado” Johnny (Berry Kroeger) y la prostituta Pat (una asombrosa Mary Astor). Los tres intentarán aprovecharse de Frank pero Pat no deja de tener, como la auténtica femme fatale que es, un corazón de oro.-
Lo más interesante de la película es - además de ese elenco maravilloso - la ambigüedad moral que plantea. Act of Violence nos obliga a preguntarnos quién es el villano y quién el héroe en esta historia y a quiénes - como sociedad - honramos como “héroes de guerra”: cuando Joe llega a Santa Lisa se topa con un desfile de veteranos del cual él, con su pesada carga a cuestas, nunca formaría parte; él no es un “héroe de guerra” sino una amenaza para la placidez de la sociedad de la posguerra y Frank, con su aspecto bonachón y su capacidad de empresa aparece como el símbolo de la reconstrucción. La película también nos confronta con los límites de lo humano y la cuestión de si se puede recobrar la humanidad luego de cometer un acto extremo o si, como dice Gavery, una vez que llegaste a ese extremo, volver de allí es imposible porque tu alma se encuentra dañada (¿o acaso no se puede “volver” porque siempre fuiste así, sólo que tu naturaleza no había tenido oportunidad de manifestarse?); y en cualquier caso, qué deben hacer los que te rodean una vez que conocen tu extremo, podrán o no convivir con ello.-
Todas estas cuestiones son las que explora Act of Violence de una forma fascinante, presentando las preocupaciones del género negro (la inevitabilidad del pasado, la corrupción del núcleo de la sociedad, el peso de las obsesiones) bajo un ropaje distinto del habitual.-

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