Motivo Nº 1: el relato épico.- La odisea de un grupo de giles (¿perdedores sería una buena definición del argentinismo?) que intentan recuperar lo que les quitaron. En el caso, se trata de un puñado de habitantes de una pequeña localidad rural de la Provincia de Buenos Aires que pone los ahorros de sus vidas al servicio de un sueño: fundar una cooperativa que reactive una acopiadora de granos que ha quebrado hace años y que está abandonada. Así podrían dar trabajo a muchas familias en ese pueblo fantasma y sin futuro. Es un plan a prueba de fallas, ¿no? Como dice Fermín Perlassi (Ricardo Darín), el protagonista de la historia, “Este es el mejor momento, peor no nos puede ir. ¿Qué más nos puede pasar?”, justo cuando aparece en pantalla un cartel que nos anuncia que la acción tiene lugar en Argentina… en agosto de 2001. E inmediatamente el espectador memorioso o más o menos informado sobre historia reciente del país sabe que todo está a punto de irse a la mierda de una manera sin precede...
Esto que me ha salido es más una catarsis que una reseña. Pido las disculpas del caso.- El año pasado publiqué una breve serie de entradas ideada con el propósito de comprobar si podía amigarme de una vez por todas con el western, un género que hasta ese momento se me había escapado. Películas como 3:10 to Yuma , Winchester ‘73 , The Magnificent Seven y The Naked Spur me reconciliaron con el género aunque todavía me faltaba dar con un punto de encuentro con su estrella por antonomasia: John Wayne. De mis experiencias previas con el actor, The Searchers me resultó intragable y Stagecoach (que todavía no reseñé, ya le llegará el momento) me gustó mucho cuando la vi hace algunos años atrás, pero no me disparó el deseo de ver más del protagonista (ni de su director, esa es una cuestión para otro día pero que corre por un carril paralelo).- Todo esto para decir que puede ser que haya empezado a reconciliarme con Wayne, lo digo con toda cautela. Para poner todas las cartas sobre la mesa,...