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Anatomy of a Murder (Anatomía de un asesinato) - Otto Preminger, 1959.-


Paul Biegler (James Stewart) es un abogado (antiguo fiscal de distrito) más volcado a la pesca, el jazz y la bebida que al ejercicio de la profesión. Tiene una secretaria, Maida (Eve Arden), a la que no le ha pagado su salario en algún tiempo pero que igual lo cuida fielmente y un amigo, Parnell McCarthy (Arthur O’Connell), que no ejerce la abogacía desde hace mucho y que bebe todavía más que Paul. Así las cosas, Paul recibe el encargo de asumir la defensa de un teniente del Ejército, Frederick Manion (Ben Gazzara) acusado de haber asesinado a un hombre que habría violado a su esposa Laura (Lee Remick).-

Esta es una película que ví en su momento y me pareció que estaba bien, pero no me encantó, y ahora al redescubrirla encontré que tenía mucho más jugo del que inicialmente le había sacado. Supongo que en su momento no me atrapó el ritmo (la película es larga, dura dos horas cuarenta minutos, y Preminger se toma su tiempo para llegar al corazón de la historia, que es el juicio) y su estilo moderno, más del lado de lo que se filmaría en los años ‘60 de la mano de la “generación de la televisión” y de las transgresiones al vetusto Código Hays, que del estilo clásico de Hollywood. Estos dos aspectos son parte, precisamente, de lo que me atrapó en esta oportunidad.-

Empezando por esto último, resulta asombroso que el guión de la película haya logrado el sello de la MPAA (Motion Picture Association of America). Es muy conocida la controversia que generó la mención de la palabra “bombacha”, elemento central para el caso del Teniente Manion que escandalizó a los críticos y a los censores en su momento, pero no es sólo eso. La sensualidad de Laura, la descripción de la violación que sufre y la visión de su ojo morado al comienzo de la película, la discusión respecto a las posibilidades de probar la violación cuando no haya habido eyaculación, la sordidez en la que viven los personajes (que no comparten el boom económico y el optimismo americano de los años ‘50), los alcohólicos y los hijos ilegítimos que se convierten en héroes… por donde la veamos esta película nos regala transgresiones al Código a cada instante.-

En cuanto al ritmo de la película, el montaje toma mucha inspiración del jazz que musicaliza la historia (la banda musical estuvo a cargo de Duke Ellington, que tiene además un cameo en la pantalla). Biegler es fanático del jazz, toca el piano, y la película recoge de este género la cadencia perezosa que de pronto estalla en una explosión de caos y ánimos exaltados.-

Otro de los aspectos que me resultó muy interesante es la coexistencia en la película de dos generaciones de actores: la más añosa representada por Stewart, por O’Connell y por Arden, y la más joven encabezada por Gazzara, Remick y por George C. Scott en el papel de un joven y rimbombante fiscal de distrito que llega especialmente para este caso. Cada grupo tiene estilos de actuación distintos, con diferentes formas de declamación de sus parlamentos, distintas maneras de interactuar con sus pares y con la cámara y diferencias también en ese aura indescriptible que emana de las estrellas y que impacta en el espectador de distinta manera. La interacción entre estos grupos, lejos de resultar chocante como a veces ocurre, es muy interesante de ver y funciona, en parte porque refleja la distancia generacional de los personajes en la historia que se está contando: Stewart y Gazzara están tan lejos el uno del otro como lo están sus personajes, y por ello la yuxtaposición funciona.-

Y hablando de la interacción entre Stewart y Gazzara, me ha gustado particularmente (y aquí seguramente sangro por la herida) la forma en la que retratan la relación entre abogado y cliente. Paul y Manion no confían el uno en el otro, la relación es tirante y falta de colaboración y la sensación que queda al final es que, ciertamente Paul ganó el juicio para su cliente, pero no podemos estar seguros de que se haya hecho justicia. Preminger no incluye un apretón de manos final ni una palabra de agradecimiento, sólo una huida precipitada y una sonrisa triste en boca del abogado que sólo se queda con la satisfacción de haber hecho bien su trabajo, independientemente de que su cliente lo mereciera o no.-



Con todas estas bondades, lo que más me ha gustado de la película es un pequeño momento (y vuelvo con esto al espíritu de este blog y de mi amor por el cine, construido - cual colcha de retazos - de pequeños momentos que guardo en mi corazón) en el que Paul decide aceptar el caso y le pide a Parnell que se convierta en su asistente. Paul sabe que no puede solo, pero además, quiere que su amigo esté a su lado. Para ello, Parnell debería dejar de beber y entre Paul y Maida lo presionan para que resuelva por una vez intentarlo. En esa escena O’Connell nos regala un momento de actuación precioso, en el cual su personaje vislumbra la oportunidad de redención y se decide a no dejarla pasar. Es maravilloso. También a este actor le corresponde mi parlamento favorito en toda la película, que reflexiona sobre el milagro que ocurre cuando un jurado delibera: “Doce personas se retiran a una habitación: doce mentes diferentes, doce corazones diferentes, de doce orígenes diferentes; doce pares de ojos y orejas, doce formas y tamaños. Y a estas doce personas se les pide que juzguen a otro ser humano tan diferente de ellos como ellos lo son entre sí. Y en su juicio, deben convertirse en una sola mente, en una unanimidad. Es uno de los milagros del alma desorganizada del Hombre que puedan hacerlo, y en la mayoría de los casos, hacerlo bien. Dios bendiga a los jurados”.-


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