Motivo Nº 1: el relato épico.-
La odisea de un grupo de giles (¿perdedores sería una buena definición del argentinismo?) que intentan recuperar lo que les quitaron. En el caso, se trata de un puñado de habitantes de una pequeña localidad rural de la Provincia de Buenos Aires que pone los ahorros de sus vidas al servicio de un sueño: fundar una cooperativa que reactive una acopiadora de granos que ha quebrado hace años y que está abandonada. Así podrían dar trabajo a muchas familias en ese pueblo fantasma y sin futuro. Es un plan a prueba de fallas, ¿no? Como dice Fermín Perlassi (Ricardo Darín), el protagonista de la historia, “Este es el mejor momento, peor no nos puede ir. ¿Qué más nos puede pasar?”, justo cuando aparece en pantalla un cartel que nos anuncia que la acción tiene lugar en Argentina… en agosto de 2001. E inmediatamente el espectador memorioso o más o menos informado sobre historia reciente del país sabe que todo está a punto de irse a la mierda de una manera sin precedentes, lo cual es mucho decir para un país habituado a irse a la mierda de manera cíclica.-
El primer acto de la película, en el cual los vecinos reúnen parte del dinero que necesitan para comprar la acopiadora, es emocionante. Borensztein, valiéndose de la voz en off del protagonista, nos presenta a los diferentes integrantes del grupo. Empieza por Fontana (adorado Luis Brandoni), un anarquista de alma, ex empleado de Vialidad Nacional que perdió su trabajo y su familia en los ‘90 y que ahora atiende una gomería. Sigue por Rolo Belaúnde (Daniel Aráoz), un peronista convencido que es empleado de los ferrocarriles, aunque el tren ya no para en el pueblo hace años; luego por los hermanos Gómez (Alejandro Gigena y Guillermo Jacubowicz), dos papanatas que compensan con corazón lo que les falta de inteligencia; le siguen el “Turco” Safa (Ramiro Vayo), el dueño de una despensa, la Señora de Llanos (Martha Piatigorsky), dueña de un vivero y el “Flaco” Cacheuta (Carlos Jorge Piñeiro), que tiene una mercería; a continuación, Atanasio “El Loco” Medina (Carlos Belloso), el personaje más excéntrico del grupo, un buscavidas que vive con su familia al borde de la laguna y que cada dos por tres debe ser evacuado por los bomberos cuando su rancho queda bajo el agua; y finalmente, Carmen Largio (Rita Cortese), la mujer más acaudalada del pueblo (la única acaudalada, a decir verdad), dueña de una empresa de transportes y madre de Hernán (Marco Antonio Caponi), un muchacho problemático que no está a la altura de las expectativas maternas.-
Cada uno aporta en efectivo (y en dólares, en aquellos tiempos del “uno a uno” en que en Argentina cada peso valía un dólar) todo lo que tiene y así la caja de zapatos en la que Perlassi y su esposa Lidia (Verónica Llinás) guardan el dinero recolectado, se va llenando de fajos. El siguiente paso, por supuesto, es depositar el dinero en una caja de seguridad en el banco local y de ahí, en una cuenta para mostrar respaldo ante el crédito que el grupo necesita pedir para llegar al precio de compra de la acopiadora. Esto ocurre en diciembre de 2001, el día anterior a la instauración del tristemente célebre “corralito” que primero restringió la extracción de dinero depositado en bancos y luego, en una segunda etapa una vez abandonada la convertibilidad del “uno a uno”, dispuso la pesificación de los ahorros en dólares a una tasa de conversión que causó la bancarrota de muchos ciudadanos que vieron reducidos a una mínima parte los ahorros de toda su vida.-
Todo esto, largo como ha sido de contar, constituye el prólogo de la historia. La verdadera odisea del título es la empresa que estos “giles” montan para recuperar su dinero cuando se enteran de que el abogado con pinta de sátrapa, Manzi (Andrés Parra), que sacó los dólares del banco justo antes del inicio de la restricción en connivencia con el gerente del banco (Luciano Cazaux), mandó a construir una bóveda subterránea en medio del campo para esconder lo robado. La noticia llega en el peor momento en la vida de Perlassi, para el cual su hijo Rodrigo (Chino Darín) ha regresado de la capital provincial en la que estaba estudiando en la Universidad, para acompañar a su padre y al principio el héroe no quiere saber nada pero su hijo lo convence. El plan es tan genial como imposible: ingresar a la bóveda, que está protegida con una alarma inviolable, y llevarse la parte del dinero que les corresponde. Para entrar, la única alternativa es lograr que Manzi desconecte la batería y luego, cortar la energía eléctrica para que la alarma no suene. Fácil, ¿no?
Motivo Nº 2: las citas de cine.-
Si acaso el plan nos sonara conocido, sí, está tomado de la trama de How to Steal a Million de William Wyler. Un recuerdo trae a la memoria de Perlassi esa escena en la que Peter O’Toole y Audrey Hepburn vuelven locos a los guardias del museo para robar una estatuilla y así se le ocurre la idea de hacer lo mismo con Manzi.-
Pero fundamentalmente, La Odisea de los Giles contiene muchas citas estéticas, tanto desde lo visual como de lo sonoro, y citas narrativas también con el western (y me dirán aquí que estoy obsesionada por estos días con el género, y tendrán razón). La revelación del “arma secreta” del grupo, una vieja excavadora que está guardada en un galpón de Vialidad del que Fontana conserva la llave, tiene el aire épico de la aparición del pistolero imbatible que salvará el día; la música de Jusid (especialmente las piezas “Esa es la señal” y “Algo tenemos que hacer”) por momentos nos trae una reminiscencia de la música famosísima de El bueno, el feo y el malo, la creación de Ennio Morricone que se ha transformado en la música del Oeste por antonomasia; y sobre todo la historia tiene ese aire glorioso de The Magnificent Seven, del grupo de inadaptados que tiene que aprender a trabajar en equipo para enfrentar a un malo malísimo para restablecer el orden en una pequeña comunidad.-
Motivo Nº 3: el elenco.-
Ya he ido mencionando a los integrantes de este elenco coral. Si bien Ricardo Darín es el protagonista (Fermín es quien cuenta la historia y su drama personal es el que seguimos más de cerca), cada actor tiene su momento y compone un personaje único y memorable que se integra con el resto de una forma magnífica.-
Completando el tapiz, hay una galería de secundarios que prestan sus rostros maravillosos a personajes menores. Algunos aparecen por apenas unos segundos, otros por más tiempo, pero todos son perfectos. Destaco en particular a Javier Abril, que presta el rostro al cajero del banco que recibe el dinero de manos de Fermín y luego delata al villano; a Rubén Albarracín, quien interpreta a Saldaño, el borracho del pueblo encargado de cavar el pozo que luego servirá para la construcción de la bóveda; a Luciano Cazaux, a quien ya mencioné, y que compone el gerente de banco con más cara de chanta que te puedas encontrar; y a José María Marcos, en el rol de Seoane, el dueño de la empresa de seguridad que instaló la alarma para Manzi. Pero de veras, cualquier fotograma que uno tome, es para hacerse un festín de rostros (para muestra, me remito al botón de la escena de la boda a la que asiste Manzi la noche del golpe, es impagable).-
Motivo Nº 4: el tono.-
La Odisea de los Giles tiene un tono maravilloso entre cómico y trágico que contribuye a que sintamos a los personajes tan humanos, tan cercanos. El drama económico y social que toma como disparador, ocurrió en la realidad y la película no lo banaliza, pero tampoco permite que ello le impida generar humor a partir del plan descabellado que idean los protagonistas. Una de mis escenas favoritas y la que creo que mejor refleja esto que estoy tratando de describir, es aquella en la cual Safa llega para increpar a Fermín y que termina con un momento de actuación extraordinario a manos de Verónica Llinás (dejo el video aquí para que puedan disfrutarlo). A lo largo de la escena, como espectadores vamos cambiando nuestra simpatía de un personaje al otro, al principio parece que Safa tiene razón, pero luego nos ponemos del lado de Fermín porque a nadie le gustan los matones y cuando ambos se trenzan en un intercambio de insultos y empujones, su actitud infantil nos provoca la risa hasta que aparece Lidia y su pequeño monólogo nos hace saltar las lágrimas. Llinás no es una actriz a la que haya visto antes en roles dramáticos, más que nada la recuerdo por sus intervenciones en programas cómicos de la TV, por lo que para mí ha sido una sorpresa descubrir la intensidad de su actuación en ese momento.-
Fundamentalmente, el tono tragicómico de la película deriva de una forma de ver la vida que hace que en un momento puedas estar llorando y al siguiente puedas reírte de tu desgracia para luego volver a llorar pensando en lo que perdiste. La argentinidad misma.-
Motivo Nº 5: la argentinidad al palo.-
La recientemente acabada Copa del Mundo nos transformó a todos en filósofos por estos lados. Desde los lugares más inesperados llegaban reflexiones sobre el ser nacional. De veras, cualquier persona con una cuenta en redes sociales se mandó un texto o un video traspolando el esfuerzo deportivo a una identidad nacional que nos genera tanto conflicto, porque nunca terminamos de resolver si somos los mejores del mundo o un conjunto de giles destinados al fracaso. Tal vez no seamos ni una cosa ni la otra, o las dos al mismo tiempo, digo yo aportando desde mi rinconcito a la reflexión colectiva.-
Lo cierto es que tanto debate fue lo que me disparó el deseo de volver a ver esta película porque creo que ha de ser una de las que mejor nos define. Si quisiera mostrarle a un extranjero lo que somos, probablemente le recomendaría que viera esta película. El sentido épico que por momentos cobra la vida aquí, en donde vivimos de antiguas glorias que en el fondo nos dan un poco de vergüenza, en donde ponemos todo al servicio de un sueño creyendo que esta vez nos va a salir bien, en donde todo se va al carajo en un segundo cuando a alguien (citando a Perlassi, al “ejército de hijos de puta” que te arruina la vida) se le ocurre tirar del mantel, es un sentimiento con el que nacemos. Nos entregan el Documento y eso, y esta película lo retrata a la perfección. Y me gusta particularmente la forma en la que se toma el trabajo de distinguir entre el hijo de puta que forma parte del ejército del hijo de puta individual. Porque también te caga el de al lado, pero a ese de alguna forma lo perdonamos. La película lo perdona, porque ese, a pesar de haber tenido la oportunidad de redimirse, hace lo que puede; el del ejército no, ese hace lo que eligió hacer.-
Me falta todavía leer la novela de Eduardo Sacheri (co-guionista de la película), “La noche de la Usina”. Me gusta mucho este autor así que intentaré darle prioridad y en una de esas, aparezco por aquí con una reseña literaria.-

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